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Opinión | PASO A PASO

Belleza sitiada

Hay ciudades que, de tanto enseñarse, acaban quedándose desnudas. Córdoba, que durante siglos supo esconder su hermosura como se esconde una joya familiar en un arcón, abre estos días sus patios al forastero con una mezcla de hospitalidad y pudor que sólo poseen las cosas antiguas. Entra el visitante, levanta el móvil como quien alza un cirio profano, fotografía la cal, el pozo, la maceta, la buganvilla, y acaso no advierte que aquello no fue concebido para el aplauso, sino para la vida.

El patio cordobés no es un decorado, aunque algunos quieran reducirlo a fondo de pantalla; no es un museo de geranios, aunque otros lo recorran con la prisa del catálogo; no es una postal para la gula turística, sino una forma humilde de habitar el mundo. Heidegger recordó que habitar no consiste sólo en ocupar un espacio, sino en custodiarlo. Eso han hecho tantas manos anónimas: custodiar la sombra, conversar con el agua, salvar del polvo una forma doméstica de paraíso.

Por eso inquieta que la belleza sea tratada como mercancía y no como misterio. La ciudad que se ofrece demasiado puede acabar convertida en escaparate de sí misma, y el escaparate ilumina lo que mata. Walter Benjamin habló del aura de las cosas únicas; los patios poseen esa aura porque guardan una vida que no nació para ser consumida. Cuando las colas sustituyen a la conversación y el vecino se vuelve figurante de su casa, la tradición empieza a parecerse a una explotación sentimental.

No se trata de levantar murallas contra quien viene con respeto. Sería mezquino negar al mundo la gracia de Córdoba, como sería absurdo encerrar una fuente para que nadie escuche su agua. Pero toda belleza exige liturgia. Rilke escribió que «lo bello es el comienzo de lo terrible», quizá porque la belleza, cuando se la manosea, se venga retirando su alma. Y un patio sin alma no es más que un patio vencido: cal sin memoria, flores sin infancia, silencio sin oración.

La cuestión de fondo no es turística, sino moral. ¿Queremos una Córdoba vivida o una Córdoba vendida? ¿Queremos que los patios sigan siendo casa antes que reclamo, intimidad antes que industria, herencia antes que marca? Ruskin dejó dicho que «no hay riqueza sino vida»: no habrá riqueza verdadera si la fiesta agota a quienes la sostienen.

Quizá por eso, al cruzar el umbral de un patio, deberíamos bajar la voz. No entramos sólo en un recinto florido, sino en una biografía colectiva. Cada maceta lleva encima una paciencia, cada reja custodia una pérdida, cada cubo de agua al atardecer prolonga una alianza entre vivos y muertos. La política debería proteger esa alianza, para que Córdoba no acabe siendo una ciudad preciosa donde ya nadie pueda vivir.

Porque una tradición no muere cuando deja de recibir visitas; muere cuando recibe tantas que olvida para quién respiraba. Y entonces la belleza, sitiada por las cámaras, empieza a marchitarse sin hacer ruido, como esas flores que todavía parecen espléndidas un instante después de haber sido cortadas.

*Mediador y escritor

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