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Opinión | Cosas

El hombre tranquilo

Algo ha cambiado en Innisfree. Después de setenta y cuatro años de su rodaje, Irlanda se ha despegado mucho de aquella imagen bucólica apegada a las tradiciones con la que John Ford quería rendir un homenaje a sus ancestros. A todos, incluido a E.T., nos encandiló aquella bellísima escena en la que un vendaval se cuela por la casa y John Wayne agarra con vehemencia a Maureen O´Hara, el arquetipo de un rol femenino que fija en la dote esa de tantas incongruencias humanas: la rebeldía de su consecución para que la mujer consiga gozosa su sumisión como esposa.

Durante esta campaña electoral, he profanado aquella mítica película del señor Ford, cambiando la imagen de sus protagonistas. Moreno Bonilla ha sustituido al Duque en el papel de Sean Thornton, aquel boxeador yanqui atormentado que quiere buscar la paz en su terruño. Y, como réplica, qué mejor pelirroja: la dote de la señora O´Hara es la dote de María Jesús Montero, esas arcas del ministerio de Hacienda cuyo cáliz ha querido apurar hasta última hora para aguantar lo máximo posible las manijas del poder. Esa avidez por costurarse al sanchismo es el mejor reflejo de una derrota sin paliativos; una crónica anunciada al arrancar acomplejada con las señas de identidad. El puño y la rosa brillaba por su ausencia en los carteles electorales de la señora Montero, una fagocitación que hace muy difícil imaginar la remontada mientras el inquilino de la Moncloa no muestre la gallardía de decir adiós.

No podría haber nadie más alejado de Vox que Victor McLaglen, aquel secundario de lujo que acompañó a Ford y Wayne por los desiertos de Arizona. McLaglen hace en esta ocasión el papel de cuñado -la dote que vindica su hermana-. Y su disputa acaba en una homérica pelea. El señor Gavira ha asumido este rol. Y ha exigido un cambio de guion en esta nueva versión de El hombre tranquilo: la visita de un pastor presbiteriano a Innisfree es sustituida por la tentativa de llegada de un imán a la comunidad musulmana. Y donde antes todo eran parabienes para esos protestantes que viven en una tierra abrumadoramente católica, Gavira requiere un ejercicio levantisco para que los musulmanes noten en el cogote las aristas de la diversidad.

Unas elecciones son un armisticio de la insatisfacción porque no se valoran resultados sino expectativas. Eso hace que nuestro John Wayne del albero del Rocío se haya quedado cariacontecido, con la siempre oportunista Ayuso lanzando como felicitación la manzana de la discordia. Quebrar una mayoría absoluta supone generar turbulencias, máxime si se negocia con el partido del color verde croma, aquel que proyecta fanatismos climáticos y prioridades nacionales; hasta que tocar poder revele la misma eficacia virtual de esa yuxtaposición de siglas de izquierda que ahora limosnean los huecos en las candidaturas como un miserere. La realidad es muy triste: la polarización solo ayuda para que la intelligentsia abandere la pole position. Adelante Andalucía se ha agarrado al símil del mercado de cercanía, frente a esa multinacional pijipi de Ministras que asisten a los Óscars. Aquella memorable tunda entre John Wayne y Victor McLaglen no es cosa de broma, pero nos queda la inevitable catarsis de un entendimiento final rematado con una borrachera, cambiando aquí las pintas por el rebujito. Algún día la izquierda volverá a reclamar la dote del Gobierno andaluz, aunque se ha visto que Maureen O´Hara es mucha O´Hara para la señora Montero. No hay nada más triste que ser cunero en tu propia tierra. Ahora a Moreno Bonilla no le queda otra que tragarse la bilis y rediseñarse como El hombre intranquilo.

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