Opinión | Mirando al abismo
Otro año de incertidumbre
Hay una edad en que soplar las velas es el acto más serio del año. El pastel llegaba con los ojos de todos clavados en ti, el calor de las velas hacía temblar la luz, y ese segundo antes de pedir el deseo valía más que cualquier promesa adulta. Los cumpleaños de la infancia tenían una densidad distinta: olían a algo, pesaban, duraban. Hoy, en cambio, pasan como una notificación más en la pantalla. Alguien escribe «Feliz cumple» con un emoji de globo, y uno responde con un corazón. Y ya.
No es que hayamos dejado de celebrar. Es que hemos dejado de creer de la misma manera. La idea del cumpleaños feliz va mutando con los años, como mutan tantas otras cosas que uno creía permanentes. De niña, un año más era una conquista sin fisuras: más alto, más libre, más cerca de ese horizonte donde los mayores hacían lo que querían. De adolescente, era urgencia. De joven adulta, expectativa. Ahora, rondando una edad que no pienso escribir, un año más es algo más parecido al alivio que a la euforia. O quizá a la perplejidad.
Porque hay una sensación que reconozco en casi todos los de mi generación: la del estancamiento. Hicimos lo que se suponía que debíamos hacer. Estudiamos, nos formamos, nos esforzamos, postergamos. Seguimos el manual que alguien escribió antes de que el mundo cambiara de forma tan radical que el manual quedó obsoleto antes de que pudiéramos terminarlo de leer. Y sin embargo los frutos prometidos no llegaron, o llegaron a medias, o llegaron para otros. Nos prometieron un contrato social y no nos lo dieron. Nos prometieron estabilidad y nos dieron incertidumbre con buena letra. Es difícil no sentirse, en cierto modo, estafada.
Somos una generación extraña: demasiado formada para resignarse, demasiado golpeada para ser ingenua. Vivimos en un mundo que cambia más rápido de lo que somos capaces de procesar, entre algoritmos que no entendemos del todo y estructuras que no terminan de incluirnos. Ni el pasado nos pertenece del todo ni el futuro nos espera con los brazos abiertos. Estamos en el medio, en ese lugar incómodo donde uno aprende a habitar la contradicción.
Y aun así, celebro los cumpleaños. Los celebro porque son la única fecha que nadie te puede quitar, la prueba más íntima de que has resistido otro año. Celebro porque cada vela que se apaga es un recordatorio de que todavía estoy aquí, todavía entera, todavía con ganas de cambiar algo. El mundo que heredamos puede estar roto. Pero nosotras seguimos siendo la generación que tiene que arreglarlo. Y para eso, primero hay que seguir, hay que soplar las velas.
*Profesora
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