Opinión | A contracorriente
Nostalgia por un tomate
Vivimos tiempos difíciles. Como si de la posguerra se tratara, no resulta fácil llevar a la mesa comida digna de llamarse tal. En una sociedad que se dice avanzada, hay quien se da al tofu, la quinoa y el seitán, aunque debo confesar mi ignorancia acerca de si esto último con nombre de capital de país asiático es comestible. Pero si hay algo que debe movernos a la movilización es, sin duda, la amenaza que se cierne sobre el tomate. Entre todos los alimentos que van camino de existir solo en nuestro recuerdo, el fruto de la tomatera es el primero en la lista titulada «en peligro de extinción». Encontrar hoy un tomate que sepa a tomate se ha convertido en una quimera, y no será por falta de variedades. Cherry, pera, kumato, raf, rosa, en rama, corazón de buey, y hasta tomate... ¡azul! ocupan los lineales de fruterías y supermercados, compartiendo todos ellos la misma característica: su sabor es la nada más absoluta. No es de extrañar que, en la última cata a ciegas del campeonato del mundo de tomates, el primer premio fuera para uno cuyo gusto, en palabras del jurado, era idéntico al de masticar un paquete de cien folios.
Echo la vista atrás y añoro los veranos que traían, además del calor, frutas y hortalizas de temporada. Sandías, peras, cerezas o melones, en su punto exacto de dulzura y jugosidad, eran el mejor antídoto gastronómico frente a la canícula. Destronado el melocotón por la impostora nectarina y el omnipresente kiwi, ya solo hallábamos consuelo en el tomate, pero todo se ha ido al traste. No supimos ver las funestas consecuencias que traerían el salmorejo de remolacha o el gazpacho de fresas, en los que la presencia del tomate se limita a ser espolvoreado por el borde del plato, y de aquellos polvos -de tomate- estos lodos. Tan agradables a la vista como insípidos, los tomates de hoy se exhiben engreídos cual concursantes en un certamen de belleza: perfectos en lo exterior, insulsos en su interior. ¿Qué fue de ese tomate amorfo y protuberante que escondía en su interior una grandiosidad antagónica con su deforme apariencia? La dictadura de la estética lo ha condenado a un ostracismo del que únicamente podrá regresar si todos hacemos nuestra aquella frase que me dijera en mi juventud una antigua novia: «¡qué feo eres, pero cuánto me gustas!». Urge asaltar con violencia las cocinas que perpetran atentados del tipo «trampantojo de tomate relleno de mousse de pimientos del piquillo y brandada de bacalao», a la par que, atrincherados en la despensa, torturamos a sus chefs hasta que repongan en las cartas la más imbatible de las propuestas: tomate de la huerta con aceite y sal.
Ahora que andamos sitiados por guerras, enjuiciamientos a políticos corruptos e incluso se atisba en el horizonte un nuevo virus, habrá quien tilde de frivolidad esta apasionada defensa del tomate. Nada más lejos de la realidad. Si finalmente desapareciera, todos moriríamos un poco. Está en juego frenar la imparable decadencia de Occidente, esa que comenzara con la desaparición del bidé y que, acaso, pueda consumarse tras la pérdida del tomate verdadero. Dudo que lleguemos a tiempo, pues llevamos demasiado olvidando lo que dice la letra del fandango: «Qué culpa tiene el tomate / que está tranquilo en su mata / y viene un hijo de puta / y lo mete en una lata».
*Abogado
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