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Opinión | Calma aparente

Centro de gravedad permanente

Cuando se anunciaron las elecciones andaluzas, no le di ninguna importancia a la noticia. Probablemente, le prestaría la misma atención que a un titular sobre el Córdoba CF o sobre la celebración de un festival de hamburguesas gourmet. Llegaría el día y me pillaría con la apatía democrática habitual. Me espantan la proliferación de discursos empaquetados y de gestos torpemente medidos; votar con ilusión me parece algo tan grotesco como apuntarse a un club de debate; en ese sentido, tiendo a ser un ciudadano nefasto. Pero pasó el tiempo y la verdad desagradable asomó: ese fin de semana me iba de viaje a Italia. Entonces la situación cobró tintes dramáticos. Necesitaba saber si me había tocado participar en una mesa electoral, algo que se me antojaba tan desagradable como los castigos de los que me hablaba mi padre al recordar su infancia, de golpes de regla en la palma de la mano y brazos en cruz frente a la pared. Al final, desempolvé mi certificado digital y confirmé mi suerte: no recaía sobre mí la obligación legal de quedarme en Córdoba; otro año más, me había librado. Aunque las elecciones todavía no se habían celebrado, ya estaba tranquilo con el resultado: Italia es una apuesta segura. Basta escuchar a italianos hablando en italiano, gesticulando en italiano, para pasar un buen rato. En otros países tiene que poner uno más de su parte.

Cuando se publique esta columna, los andaluces habrán votado (salvo retrasos no deseados, quizá haya votado hasta yo), y los carteles redundantes irán desapareciendo de las calles. Ya no habrá más arengas ni debates televisivos por un tiempo. Dejaré de tener que asentir en silencio ante quienes se expresan con rotundidad o suficiencia (esta última, versión más radicalizada que la anterior). Unos respirarán tranquilos; otros se enfrentarán al abismo; la mayoría lidiará con el día a día como siempre. Lo bueno del período electoral es que termina. Ojalá el ganador consiga reducir el tiempo de espera desde que se diagnostica un tumor maligno hasta que empieza el tratamiento del paciente, aunque no confío en ninguno de los candidatos, por mucho que griten sanidad pública; de hecho, la promesa desbocada resta credibilidad, y los eslóganes no garantizan nada. Quizá acuda con ganas a las próximas elecciones. Este año habré aprovechado para dar un paseo y, al menos, habré vuelto a Italia. La alternancia es saludable en una democracia, pero en relación con los viajes está sobrevalorada. ¿‘Tagliatelle al ragù, tortellini in brodo o gramigna alla salsiccia’? Que gane el mejor.

*Escritor

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