Opinión | Colaboración
La erosión ética de la convivencia
Las sociedades no se derrumban solo por guerras o crisis económicas. A veces empiezan a fracturarse de forma silenciosa, a través de pequeñas renuncias morales cotidianas. La violencia deja de escandalizar, el miedo se vuelve costumbre y la indiferencia ocupa el lugar de la reflexión. Esa es, quizás, la verdadera crisis de nuestro tiempo: la erosión ética de la convivencia.
Las noticias recientes en España parecen confirmarlo. Agresiones con machetes en Madrid, policías heridos intentando frenar peleas, ataques homófobos, el avance del narcotráfico en el sur y el aumento de agresiones a agentes forman ya parte del paisaje informativo diario. Lo inquietante no es solo la gravedad de estos hechos, sino la rapidez con la que desaparecen de la conversación pública. El filósofo Thomas Hobbes sostenía que el ser humano, sin normas ni autoridad, tiende al conflicto permanente. Por eso nace el Estado: para impedir que la vida se convierta en una lucha constante de todos contra todos. Pero ninguna ley puede sostener una sociedad si desaparece el fundamento ético que permite respetarla. La convivencia depende de un pacto invisible basado en límites compartidos: respeto, responsabilidad y reconocimiento mutuo.
Hoy esos límites parecen desdibujarse. Las redes sociales convierten la violencia en espectáculo; la polarización transforma cualquier debate en confrontación; y el individualismo debilita la idea de comunidad. Poco a poco, la autoridad pierde legitimidad simbólica y la agresividad gana espacio como forma de expresión cotidiana.
Hannah Arendt advertía que el mayor peligro no era solo la existencia del mal, sino su normalización. La «banalidad del mal» aparece cuando las personas dejan de reaccionar ante aquello que debería resultar intolerable. Ese proceso parece avanzar lentamente en nuestras calles: ya no sorprende una agresión a un policía o un ataque violento entre jóvenes.
Sin embargo, una sociedad que normaliza la violencia termina debilitando su propia humanidad. Cuando el miedo sustituye a la confianza y la indiferencia reemplaza a la empatía, la convivencia deja de sostenerse sobre valores comunes y pasa a depender únicamente del control y la supervivencia. Porque el verdadero deterioro de una sociedad comienza el día en que deja de indignarse frente a la violencia y la convierte en el espectáculo televisivo de lo absurdo.
*Doctor en Filosofía y profesor de la UNED
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