Opinión | Tribuna abierta
Córdoba en flor: un mes para los sentidos y la memoria
Llega mayo y Córdoba se cubre de flores. Las calles se llenan de color, aromas y formas diversas que convierten la ciudad en un espectáculo para los sentidos. Durante estas semanas se celebran algunas de sus fiestas más emblemáticas, todas ligadas a la presencia floral: las Cruces de Mayo, presididas por claveles rojos; el Festival de los Patios, donde geranios y gitanillas simbolizan la tradición; y la Feria de Córdoba, que pone el broche final a un mes dedicado al esplendor de las plantas en flor.
Las flores constituyen la parte más expresiva de las plantas. Hablan el lenguaje de la emoción, la belleza y el amor. Todos hemos deshojado alguna vez una margarita mientras repetíamos: «¿Me quiere?, ¿no me quiere?». Su capacidad evocadora es tan intensa que muchas especies reciben nombres inspirados en la forma o singularidad de sus flores, como la delicada nomeolvides, la atrevida boca de dragón, el popular diente de león o la conocida flor de Pascua.
Aunque las flores han despertado admiración desde la antigüedad, no fue hasta el Renacimiento cuando comenzaron a convertirse en auténticas protagonistas de jardines diseñados con criterios geométricos y paisajísticos. Parterres y arriates se poblaron de especies ornamentales que no solo proporcionaban placer estético, sino que también se asociaban a beneficios para la salud física y mental.
A primera vista, el rasgo más distintivo entre unas flores y otras es, sin duda, el color. Tanto es así que determinadas tonalidades han quedado tradicionalmente vinculadas a celebraciones y símbolos concretos. En el ámbito mediterráneo, el blanco representa la pureza y la espiritualidad, razón por la cual la cala o el azahar son habituales en ceremonias religiosas. El rojo, asociado a la pasión y al amor, aparece frecuentemente en rosas y claveles presentes en fiestas y ofrendas. El amarillo, presente en girasoles, caléndulas o retamas, evoca la luz solar, la prosperidad y la alegría de los paisajes mediterráneos. Del mismo modo, los tonos violetas y azulados de lavandas, lirios o romeros se han relacionado tradicionalmente con la calma, la contemplación, y los usos aromáticos y medicinales.
Las flores destacan por la extraordinaria diversidad de sus formas y estructuras. Algunas aparecen solitarias, mostrando toda su belleza de manera aislada, como la amapola; mientras que otras se agrupan en inflorescencias que crean conjuntos de gran riqueza visual, como el girasol. Las hay regulares y simétricas, de líneas armoniosas y equilibradas; y también irregulares, como las orquídeas, con formas caprichosas que revelan la creatividad inagotable de la naturaleza. Esa variedad de tamaños, disposiciones y colores es una de las razones por las que las flores han fascinado al ser humano desde siempre y constituyen uno de los mayores símbolos de belleza y vida.
Desde la antigüedad se ha reconocido que los aromas vegetales ejercen efectos beneficiosos sobre nuestras sensaciones y emociones, llegando a transformar nuestro estado de ánimo a niveles difíciles de explicar. Esta cuestión despertó incluso el interés de Carl Linnaeus, considerado el padre de la botánica moderna, quien junto a su colaborador Anders Wåhlin estudió los diferentes aromas de las plantas, y trató de clasificarlos en la obra ‘Dissertatio Medica Odores Medicamentorum exhibens’ (1752). En ella distinguieron siete grandes categorías olfativas: suaves y agradables, como la malva; perfumadas, como el lirio; estimulantes, como el laurel; aliáceas, como la cebolla; de olor caprino, como el hipérico hediondo; desagradables, como el opio; y nauseabundas, como el eléboro. Estas categorías se agrupan, a su vez, en dos grandes conjuntos: los suaveolentes, considerados agradables, y los ‘Foetidi’, percibidos como fétidos o desagradables.
Este trabajo representa un magnífico ejemplo del espíritu ilustrado del siglo XVIII, empeñado en clasificar de forma sistemática las propiedades de la naturaleza, y se sitúa en los orígenes de la farmacología y de la botánica médica modernas.
Mayo nos invita, más que ningún otro mes, a detenernos y contemplar la belleza efímera de las flores. Sus colores y aromas transforman calles, patios y jardines en refugios para los sentidos y la memoria. Por eso, la creciente presencia de flores de plástico en algunos espacios urbanos transmite una sensación de artificialidad y pérdida de identidad, alejando a Córdoba de la esencia floral que siempre la ha distinguido. Defender las flores naturales no es una cuestión decorativa: es preservar la memoria sensorial y la identidad viva de Córdoba.
*Catedrática de Botánica de la Universidad de Córdoba
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