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Opinión | Tribuna

La política contra la vivienda

El turbador problema de la vivienda no es sólo de hoy. Ni es sólo de aquí.

Ya en el primer tercio del XIX sobrevenía la angustia para alojar al recién nacido proletariado urbano, cuando el gran Larra escribía perplejo «las casas nuevas tienen más balcones que ladrillos y más pisos que balcones… la población se apiña y se aleja de Madrid, pero se aleja no por la puerta sino por arriba, como se marcha el chocolate de una chocolatera olvidada en las brasas».

En 1902, confirmando el asombro del célebre escritor, el censo de viviendas en Madrid superaba las 101.000 unidades de las cuales 62.500 se explotaban en régimen de alquiler. Sus características podrían no conducir a la sorpresa si nos atenemos a este testimonio de 1884: «A la entrada, un departamento que no sé si llamarlo cocina. Enfrente, y sin puerta alguna, un sitio cuyo olfato os haría comprender cómo se llama. Después, salita con mesa y cuatro sillas y una máquina de coser donde, tras colocar los muebles, no caben dos personas. Después, el dormitorio con la cama quedando para desvestirnos un trecho de tres varas. Una ventilación de tres agujeros: la entrada, la chimenea de la cocina y la ventana de la sala. Todo ello, tras subir 80 escalones».

Pues bien, el coste medio de aquel alquiler era de 20 pesetas al mes mientras que el salario promedio de los proletarios madrileños en la época era de alrededor de 55 pesetas. Hagan las cuentas y tal vez encuentren similitudes. Quizás la angustiosa premonición de Larra haría que sus hijas se buscasen la vida para huir de tan tenebroso destino. La menor, Baldomera, se convirtió en la precursora de las estafas piramidales en España acabando en vivienda más lustrosa en el destierro; y la mayor, Adela, se convirtió en la amante de Amadeo de Saboya, que seguía cabalmente el manual de estilo de los Borbones, e hizo una generosa caja cuando aceptó guardar silencio tras cambiar el bueno del rey Amadeo su lecho por el de la mujer del corresponsal del Times.

Y, efectivamente, tampoco es un problema exclusivamente español. Son mayoría los países de la UE que se encuentran aquejados del mismo mal. No es el problema lo que nos distingue. Son las soluciones. O la ausencia de las mismas.

La enajenación material del derecho a la vivienda está siendo el perverso mecanismo a través del cual se manifiesta el enésimo bucle en que devienen, según las coyunturas, las poco sofisticadas formas de explotación capitalista. La vivienda constituye la pasarela a través de la cual se produce una redistribución de las rentas a favor del capital «casero». Marx no dudaría en calificar este fenómeno como la contemporánea apropiación primitiva de capital.

La saca del propietario inmobiliario, con subidas notablemente superiores a las salariales, absorbe y succiona los recursos de las clases medias y bajas, detrayéndolos de otros destinos generadores de riqueza como el consumo y tiñendo de zozobra el horizonte de los jóvenes. Un mecanismo perverso por cuanto estos rendimientos difícilmente se emplearán en otras actividades productivas. Y un mecanismo que opaca los brillantes datos macroeconómicos constituyendo la clave de bóveda de por qué los amplios sectores afectados no acaban de constatar que pasen de las musas al teatro. La micro de la vivienda contrarrestando la macro del PIB.

Y la solución sólo puede venir de la política. Desde luego, habrá de integrar otras instancias administrativas, empresariales, financieras, sociales… pero el impulso fundacional del proceso que resuelva el problema habrá de proceder necesariamente de la política. Y, francamente, no parece haber razones para ser optimistas en el corto para desaliento de unas expectativas que se caracterizan por la urgencia.

El calado de las medidas a tomar para revertir la situación es de tal profundidad y complejidad técnica que requeriría una amplia mayoría legislativa para acometerlas. Imposible. Pero, además, haría falta un amplio acuerdo político en torno a una estrategia necesariamente comprometida y consensuada a largo, por encima de los ciclos de alternancia en el poder. Inimaginable.

La dificultad de Pedro Sánchez con su precaria mayoría para desplegar las medidas necesarias es sólo comparable a la inutilidad de establecer una línea de comunicación con la oposición que las posibilitara. La negativa de Feijoo a aceptar u ofrecer cualquier colaboración, desde la convicción de que deteriorando la política acelerará el fin del gobierno, asegura la inviabilidad de una solución. Y sumen a esto la sabida proclividad del PP al capital inmobiliario.

La imprescindible contribución de las Comunidades Autónomas, por lo demás, tropieza con la muy activa «resistencia pasiva» de las gobernadas por el PP, dando soporte a la esperanza de Génova de que en la nómina de desalojos también se incluya al inquilino de la Moncloa. Y respecto del papel de los Ayuntamientos, permítanme la ligereza de remitirles al brillante ejemplo de Les Naus en Alicante.

Mientras tanto, Sumar cogió la bandera y forzó un decreto desde la más íntima convicción de su invalidación un mes más tarde en el Congreso. La formación se muestra decidida a abanderar la defensa de los afectados y los impelió a utilizar el mes de plazo antes de que decayera el decreto, por lo demás de aspiraciones simplemente paliativas, lanzándolos a una estrategia de recursos judiciales de más que dudosa eficacia. Una posición de ese tipo conduce a la frustración y a la melancolía. Malas consejeras. Los llamamientos agónicos, tras el fracaso de la ley, a la movilización han producido cierta turbación. Desde el gobierno se gobierna y se diseñan estrategias útiles y posibles, no se traslada a la sociedad la endeblez propia para hacer propuestas o la incapacidad para negociarlas, recurriendo al viejo mito de la movilización como patrimonio de la izquierda. La imagen de la vicepresidenta Yolanda Díaz, sin duda la mejor ministra de Trabajo de la democracia, en la rueda de prensa del Consejo cuando llamó a la movilización constituyó toda una declaración de impotencia. O, quizás, pretendan fijar el precario decreto como una alerta para ser identificados como los auténticos valedores de los afectados, un perfil que podría resultar útil para los tiempos que vienen. Inquilinos del mundo, uníos.

Los partidos, llegados a este punto y aunque con notables diferencias, también parecieran haber descubierto en la tragedia de la vivienda su mecanismo de redistribución y apropiación de rentas políticas. Y eso, más allá de la melancolía, conduce a la indignación. Justo en un tiempo en que el voto de la ideología está siendo sustituido por el voto de la indignación… que ya sabemos dónde va.

El terrible problema de la vivienda ha puesto de manifiesto las vergüenzas de la política, su única esperanza.

Y los inquilinos a la intemperie. Sin poder aspirar, siquiera, a la ensoñación de los brillantes remedios de las hijas de Larra.

*Licenciado en Historia

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