Opinión | Tribuna abierta
Habrá que pensar en el futuro
Existe la tendencia de ver la despoblación como un problema algo lejano, asociado a pequeños núcleos del interior peninsular o a comarcas con problemas de envejecimiento. Sin embargo, los últimos datos del padrón publicados por el Instituto Nacional de Estadística nos obligan a mirar de frente una realidad que afecta de lleno a la provincia de Córdoba. Sin ánimo de caer en discursos catastrofistas, las cifras oficiales dicen que nuestra tierra ha comenzado 2026 con 941 habitantes menos que al cierre de 2025 y cuenta ahora con 772.081 residentes. Puede parecer un descenso moderado en términos porcentuales, pero lo preocupante es el bagaje que arrastramos.
Perder población de forma continuada es un síntoma. Y, en este caso, uno especialmente inquietante si se compara con lo que ocurre a nuestro alrededor. Mientras prácticamente todas las provincias andaluzas ganan lugareños durante el primer trimestre del año o mantienen los que hay censados, Córdoba encabeza la pérdida de vecinos en números absolutos en España. Todo ello en un país que ya supera los 49,7 millones de habitantes y que, en líneas generales, crece gracias al dinamismo económico y al aporte migratorio. Nos hemos convertido en una excepción negativa en un contexto expansivo. Y eso, debería encender algunas alarmas.
Durante años se ha exprimido la explicación de que el interior andaluz está condenado a reducir sus cifras de ciudadanos frente al tirón de la costa. Sin embargo, esa teoría empieza a hacer aguas cuando se observa que Jaén, una provincia limítrofe con algunas características similares a la nuestra, sí ha logrado aumentar su población. Por tanto, quizá haya llegado el momento de aparcar las excusas recurrentes y empezar a preguntarnos qué está pasando realmente.
Porque esta situación anómala tiene consecuencias. La primera, y quizá la más inmediata, es económica. Muchas partidas que distribuyen las administraciones públicas dependen del número de personas empadronadas. Eso significa menos recursos para financiar servicios, infraestructuras o inversiones futuras. Y genera un círculo vicioso difícil de romper que puede derivar en falta de oportunidades y, por tanto, en más emigración.
Pero el problema va mucho más allá de los presupuestos, porque Córdoba también pierde talento. Jóvenes altamente formados, muchos de ellos preparados en la universidad y en centros educativos de la provincia, se marchan buscando sueldos más competitivos, mejores oportunidades laborales o mayores expectativas de estabilidad. Al mismo tiempo, también disminuye el consumo interno. Implica menos clientes para el comercio, rebajar la demanda de servicios, la actividad económica y el dinamismo social. La despoblación va más allá de lo estadístico y es un proceso que acaba afectando al pulso cotidiano de un territorio.
Y aquí surge la gran contradicción. Córdoba cuenta con una posición geográfica estratégica, se proyecta como nodo logístico de primer nivel, dispone de infraestructuras de comunicación y tiene en marcha proyectos emblemáticos llamados a transformar su economía. Sobre el papel, reúne condiciones atractivas. Sin embargo, los datos revelan otra cosa. Ni los propios cordobeses parecen encontrar un horizonte suficientemente prometedor ni la inmigración, que sí sostiene el crecimiento de otros puntos geográficos, recala en esta tierra.
Todo eso exige un ejercicio de autocrítica colectiva. Tal vez haya que replantearse la política salarial de muchos sectores productivos y preguntarse por qué una persona cualificada encuentra más incentivos fuera que dentro de Córdoba. Quizá también convenga analizar la oferta de vivienda, tanto en precio como en disponibilidad, especialmente para quienes quieren emanciparse. O revisar la calidad y accesibilidad de los servicios públicos, sin olvidar las medidas para la conciliación. Y, por supuesto, sería razonable abrir un debate serio sobre las políticas de natalidad y el apoyo a las familias. Proclamar que Córdoba es una buena tierra para vivir está bien, pero hace falta que las condiciones materiales permitan desarrollar en ella un proyecto vital estable.
Lo despoblación tiene varias causas y no hay soluciones mágicas, por lo que sería un error convertir este debate en un intercambio de reproches partidistas. La respuesta debe implicar a las administraciones, pero también al tejido empresarial, a los sindicatos, al sistema educativo y a los distintos sectores sociales de la provincia.
Córdoba todavía está a tiempo de corregir esta deriva. Pero para hacerlo necesita, en primer lugar, reconocer que el problema existe y actuar antes de que los datos negativos dejen de sorprender y pasen a parecernos cotidianos. Porque cuando una sociedad se acostumbra a perder habitantes, empieza a resignarse a malograr su futuro.
*Presidente de Comercio Córdoba y de Comercio Andalucía
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