Opinión | El cuerpo en guerra
Por si no despierto
Si no hubiera pasado lo del verano pasado, no me plantearía todo esto, porque he pasado por innumerables quirófanos con toda la cotidianidad del mundo y en principio es algo sencillo. Pero mi perspectiva actual de vida (demasiado dolorosa para cargar con ella, sí, lo sé, pero realista) es que la muerte nos ronda más cerca que la vida y que en cualquier momento podemos desaparecer, no sólo nosotros, sino también las personas a las que amamos, así que mejor dejar las cosas importantes dichas cuanto antes, especialmente si se trata de cuerpos vulnerables como el mío.
Por ello, me veo obligada a marcarme un David Uclés por si el martes no despierto de la anestesia del siguiente quirófano. Y es que conmigo nunca se sabe y siempre hay un próximo quirófano en el horizonte y esta vez ya he dejado instrucciones de no reanimar (ya me han salvado suficientes veces la vida).
Mis pulmones post-neumonía pasarán por una nueva anestesia general. No me asusta. Ya no me asusta nada, sólo las cosas de Toffee y después de un chequeo geriátrico tremendamente caro sé que goza de mejor salud que yo a sus casi 13 años y preparada para afrontar otros 10, según me dijeron.
Sabed que he intentado dar lo mejor de mí a los demás aun a costa de hacerme daño, especialmente en lo que respecta a mi labor de activismo por la visibilización del dolor crónico y en mis relaciones sentimentales, aun si he fallado. He hecho lo que he podido con los recursos que tenía en ese momento y he intentado ser útil.
He procurado ser siempre independiente y autosuficiente, como me inculcó mamá, dejarme la piel trabajando, como vi a papá hacerlo, amar con locura, como la abuela, pese a las decepciones y el autodesgaste, y hacer de mi voz un altavoz feminista dolorido. Estoy tranquila: ahí están mis libros. Eso y mi amor por Toffee, por las personas a las que amo y he amado, los libros que he leído, las exposiciones y películas prendidas en mis ojos y los recuerdos que conservo es lo que soy. Fui muy feliz en el número 25 de la Calle Madrid de Pozoblanco, también recorriendo las calles de Córdoba mientras trabajaba en Cosmopoética y hacía Otoñeces, trabajando en mi despacho y disfrutando de la noche madrileña antes de la llegada del dolor, jugando con mis sobris y perdiendo la voz en los conciertos. Y también en esos últimos minutos del día en los que Toffee se sube a mí, la acaricio, nos miramos y dormimos.
Me costó mucho escribir estas columnas después de mi daño cognitivo del verano pasado pero quise volver a ellas cuanto antes, aunque me llevara 4h al principio escribir un texto y tuviera que echarme a dormir después. Han sido mi nexo de conexión con la realidad y también con la parte de mí que he perdido. Gracias por leerme, de veras. Significa mucho para mí. Y está bien así: estoy en paz.
*Escritora
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