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Opinión | Punto y coma

Voluntad e inclusión

Lleva años escribiendo de forma más o menos velada contra acciones del Gobierno y de algunos de sus ministerios. Sin embargo, cree en su país y mantiene una clara vocación de representación internacional. Por ello, desde hace mucho tiempo estudia de noche; asimismo, lo hace de día, sentada en el banco de un parque mientras espera a que su hijo termine las actividades extraescolares.

Tras una larga y silenciosa espera, y después de superar la prueba escrita, llega el día de defender oralmente su candidatura. Cruza la puerta de la sede del Ministerio de Educación, al que desea representar en el exterior, con el nerviosismo esperable en quien sacrificó tanto tiempo. Ahora bien, al entrar, no la impresionan sus rivales, sino que la conmueven quienes organizan accesos, gestionan salas y acompañan a los candidatos. Hay algunos trabajadores con síndrome de Down; otros evidencian distintas dificultades comunicativas o funcionales. Ninguna de ellas les impide desempeñar con rigor, simpatía y eficacia su labor. Lo que iba a ser una jornada dominada por la tensión acaba convirtiéndose en una experiencia de emoción contenida: mayor aún cuando ve llegar a su hermano –ellos saben bien el por qué-, que acude a cubrirle las espaldas en su defensa pública.

Entonces comprende algo incompatible con quienes piensan en términos absolutos: incluso dentro de estructuras profundamente criticables pueden existir iniciativas valiosas, seguramente sostenidas por el trabajo silencioso de individuos concretos. Quizás las instituciones no sean exactamente sus dirigentes, del mismo modo que un país no se reduce al gobierno que circunstancialmente lo administra. Así, la buena voluntad y la inclusión real pueden existir. Y, cuando funcionan, resultan hermosas y emocionan.

*Lingüista

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