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Opinión | Tormenta de verano

Reivindicar la familia

Marcados por la hiperconectividad digital y la atomización social, reivindicamos el valor de la familia que resiste como núcleo de la civilización en su Jornada mundial. No se trata de una mera estructura biológica, sino donde se aprende a ser humano. Los valores de la solidaridad, la empatía, la justicia y el respeto no se adquieren mediante decretos legislativos ni algoritmos virtuales, sino que se asimilan por ósmosis conductual. Los hijos no escuchan lo que los padres dicen, absorben lo que hacen. Bauman advertía sobre la fragilidad de los vínculos humanos en un entorno donde todo es desechable, en el que la familia se erige como la única estructura capaz de ofrecer continuidad. Transmitir virtudes hoy no es un acto de conservadurismo, es un acto de rebeldía civilizatoria, es dotar al individuo de un mapa ético para navegar ante la incertidumbre generalizada.

El hogar es nuestro refugio, el único espacio donde el individuo es amado de forma incondicional. Fuera se exige rendimiento, productividad y éxito: valemos por lo que producimos o aparentamos. En la familia, el ser humano vale simplemente por el hecho de ser. Amor incondicional que es la piedra angular, el colchón frente a la ansiedad y el vacío existencial, el lugar al que siempre se puede regresar cuando el espacio público se vuelve hostil. También la familia es la matriz de la socialización primaria, el ámbito donde el niño aprende a ser persona antes que ciudadano, señala Savater. Escuela que enseña las virtudes más difíciles como la frustración, la espera ó el perdón. Donde se descubre que los deseos propios no siempre son leyes y que la convivencia pacífica exige la renuncia a una cuota de egoísmo.

No existe un estereotipo de familia ideal, sino un interpelante mosaico formado por muchas realidades diferentes, cuya validez no se mide por su composición geométrica, sino por su calidad moral y afectiva. Una familia es legítima y funcional si cumple su función de cuidar, educar y proteger. El peligro de la sociedad contemporánea no es la mutación de las formas familiares, sino su vaciado de contenido. Cuando la familia se transforma en un simple hotel donde los miembros solo coinciden para dormir y consumir, la sociedad pierde su brújula. Invertir en la familia, con políticas públicas de conciliación, vivienda y apoyo a la crianza, no es un gasto social. Es la inversión más rentable para garantizar la cohesión del tejido comunitario y diseñar el futuro de la humanidad.

*Abogado y mediador

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