Opinión | La vida por escrito
Ese futuro que no fue
Durante años hemos escuchado una consigna que suena casi a mantra de autoayuda: vivir sin arrepentirse. Como si una existencia plena consistiera en avanzar siempre hacia delante sin detenerse en los errores. Pero la realidad de nuestras emociones es bastante más compleja, y algo más humana. Arrepentirse no solo es parte inevitable de la experiencia de vivir; también cumple una función importante: nos obliga a mirar quiénes fuimos, qué decisiones tomamos y qué caminos habríamos elegido de haber sabido entonces lo que sabemos ahora.
Lo interesante es que nuestra relación con esos errores cambia profundamente con la edad. Una reciente publicación en la revista Emotion, de la American Psycholo-gical Association, concluye que las personas mayores no solo se arrepienten menos por decisiones recientes, sino que además sienten menos rabia, frustración o angustia al recordar las decisiones equivocadas más importantes de su vida.
La investigación parte de una idea tan obvia como reveladora: la sensación de arrepentimiento no se vive igual a los 25 años que a los 75. El paso del tiempo no solo modifica nuestras circunstancias; también transforma la manera en que interpretamos el pasado y convivimos con él.
Para llegar a esa conclusión, los investigadores analizaron las respuestas de 90 personas de entre 21 y 89 años. A cada participante se le pidió que identificara hasta cinco arrepentimientos recientes y otros cinco relacionados con decisiones tomadas en la juventud. Después, debían detenerse en el más importante de cada categoría y describirlo con detalle: cuándo ocurrió, qué emociones seguía despertando y hasta qué punto sentían que aún podían hacer algo para repararlo o, al menos, asumirlo emocionalmente.
Los resultados dibujan un patrón muy claro: las personas mayores reconocían arrepentirse menos por decisiones recientes y, además, vivían el arrepentimiento con una intensidad emocional más baja. Pero quizá lo más relevante no sea la cantidad, sino el modo en que cambia la experiencia emocional del arrepentimiento con los años. Mientras los jóvenes suelen asociarlo a la ira o la frustración, los mayores parecen convivir con él de un modo más sereno y menos doloroso.
Eso no significa, ni mucho menos, que hayan olvidado sus errores. Los grandes arrepentimientos siguen acompañando a las personas toda la vida. De hecho, distintos estudios señalan que cerca del 90% de las personas cargan con la conciencia de alguna mala decisión que ha marcado sus vidas, normalmente relacionada con cuestiones sentimentales, familiares, académicas o profesionales. Lo que cambia no es tanto el recuerdo como la forma de mirarlo.
Aquí aparece un matiz psicológico clave: no todos los arrepentimientos nacen del mismo lugar. Están, por un lado, los arrepentimientos por acción, aquellos derivados de decisiones equivocadas: estudiar algo que no iba contigo, aceptar un empleo tóxico o casarse sin estar convencido. Y están, por otro por otro lado, los arrepentimientos por omisión, que nacen precisamente de lo que nunca ocurrió: no haberse atrevido, no haber dado un paso, no haber dicho algo a tiempo.
Según el estudio, con la edad ganan peso precisamente esos arrepentimientos por omisión. Las oportunidades perdidas parecen dejar una huella más persistente que los errores cometidos. Tiene cierta lógica: muchas malas decisiones pueden corregirse o, al menos, reinterpretarse. Pero las posibilidades que nunca se intentaron permanecen vivas para siempre en la imaginación.
Con los años, dejamos de obsesionarnos con corregir los errores pasados y priorizamos el equilibrio emocional. Duelen menos las malas decisiones y pesan más las oportunidades perdidas. Madurar consiste en aprender a vivir el presente y en paz con lo vivido.
*Profesor de la UCO
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