Opinión | Viajar
La extranjera eres tú
Cumplo cincuenta y dos años lejos de casa. Y os confieso que me encanta teletrabajar. Pero no se asusten: no estoy confinada en un crucero ni participando en un reality. Solo estoy disfrutando de unas merecidas vacaciones. Me encuentro de ruta por América del Norte y me ha dado por reencontrarme con unos amigos que tengo trabajando en Texas. Sí, me han leído bien. Texas. Uno de los lugares del mundo con la ideología más opuesta a la mía. Y eso me encanta. Viajar bien no consiste en hacerse fotos bonitas ni en volver diciendo que todo era «superauténtico». Viajar bien es otra cosa. Es saber estar. Saber escuchar. Saber mirar. Entender que, durante unos días, el extranjero eres tú. Hay gente que viaja como quien conquista. Llegan a otro país y pretenden que todo funcione como en el suyo. Se enfadan porque no encuentran jamón, porque no cenan a las diez o porque nadie les entiende cuando hablan español lentamente y más alto, como si eso ayudara. Los ves buscando paellas en Tailandia y tortillas de patatas en Tanzania. Yo llevo meses sin probar la carne roja porque tengo el colesterol alto y, para celebrar mi cumpleaños, me he zampado una barbacoa típica de aquí que voy a necesitar dos días para digerir. Porque sí. Porque hemos venido a jugar. Viajar también consiste en aceptar que no todo gira alrededor de tus costumbres, tus ideas o tu cultura. A veces, incluso te obliga a convivir con contradicciones incómodas. ¿Para eso sirve viajar no? Para salir un poco de una misma. En el primer hotel donde me hospedo me dejan una Biblia y el Libro del Mormón. ¿Qué voy a hacer? ¿Explicarle a Jacob, el recepcionista, que parece salido de un musical de Broadway, que soy agnóstica? Pues no. Cojo los libros, sonrío y le doy las gracias.
Por eso me impresionan tanto ciertos políticos o personajes públicos incapaces de saber comportarse en el extranjero. Como Isabel Díaz Ayuso hablando maravillas de Hernán Cortés en México. Hay que tener poca sensibilidad histórica y muy poca inteligencia emocional para no entender qué representa ese nombre allí. O Aznar intentando sonar tejano al lado de George Bush. Uno de los momentos más incómodos de nuestra diplomacia reciente. Esa necesidad de agradar, de actuar, de disfrazarse de algo que uno no es. O Boris Johnson, que en una visita oficial a Myanmar se puso a recitar un poema colonial de Kipling en un templo budista hasta que el embajador británico tuvo que frenarlo. Porque viajar no consiste en imponer tu cultura, pero tampoco en hacer cosplay de la ajena. Viajar debería servir justo para lo contrario. Para darte cuenta de que tus costumbres no son universales. De que hay otras maneras de entender el mundo. Y de que, a veces, el problema no es el lugar que visitas, sino los prejuicios que llevas contigo. Solo observar, escuchar y disfrutar del privilegio de seguir descubriendo lugares nuevos sin sentir la necesidad de conquistarlos.
Porque viajar no te hace mejor persona, pero sí puede hacerte menos imbécil.
*Periodista
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