Opinión | No Ni Ná

Periodista
Comunicación política
Solo a un tonto de baba se le ocurre que un cartel con la cara de Isa Ambrosio y una errata en Fuente Obejuna va a desincentivar el voto al PSOE, que ya se desincentiva sin ayuda de nadie con cagadas como la de Grande-Marlaska. Ni al que asó la manteca se le ocurre sacar una autovía cercenada e incompleta, sin presupuesto que la pague, para sacar pecho con la obra pública a escasos días de las votaciones. La sanidad pública y privada se equivocan con gravísimos efectos, pero no asesinan deliberadamente por mucho que aparezcan vídeos acusatorios -no contrastados- de gente que se ha identificado públicamente como «no afectada» por la durísima crisis de los cribados de tumor de mama. Y las responsabilidades penales (no así las políticas, que deberían haber caído por su propio peso, según vimos en Cataluña) por hechos tan dramáticos como el accidente ferroviario de Adamuz, han de ser dilucidadas con informes documentados e imparciales.
El uso emocional de la política apesta, sobre todo, porque lo manejan unos niñatos fanatizados a los que solo les preocupa su contrato, insensibles a la verdad. Esta guerra por la contención sentimental está perdida. Tras treinta años cubriendo noticias y elecciones, no me van a explicar lo que hemos perdido. Hubo tiempos en los que, para acceder a puestos políticos, había que venir pertrechado de recorrido en sindicatos, asociaciones de vecinos, colegios, institutos, facultades, defensa de los consumidores, despachos de abogados, consultas médicas, de ciertos conocimientos técnicos. Ahora presentan a cualquier cateto y nos dicen que es Metternich. ¿Había corruptos e hijos de mala madre? A cientos, pero se les veía venir.
De todo esto pretenden hacer una ciencia a la que llaman, pomposos, comunicación política. Ideas sencillas, ausencia de oraciones subordinadas, olvido consciente de sus propias decisiones y trayectorias. La inexistencia de contrapoderes -periodísticos de verdad, intelectuales, de autoridad ética- ha llevado a un reinado de esa política del vídeo corto, de la fabricación de argumentarios solamente asumibles por personas con trastorno no diagnosticado. Con estos bueyes, queridos andaluces, tenemos que arar a partir del domingo. Y cada vez más gente come de usted, de sus impuestos.
Sale uno de la campaña de las andaluzas profundamente preocupado. El nivel es ínfimo. El respeto a la inteligencia del elector se ha perdido. La capacidad de sostener una conversación, de un debate público con un mínimo apego a los hechos y la coherencia, parece haber desaparecido. La peor forma de corrupción es tratar a quien representas sin un mínimo decoro. Dígame un cargo electo o designado, uno, que haya roto con la disciplina de voto hacia su partido por defender los intereses legítimos de quien le puso en el cargo, que es usted con su papeleta. Por un colegio, un centro sanitario o la dotación de equipamientos educativos de calidad. Dígame uno que ponga en tensión a los suyos por causas justas.
Esto no va bien por mucho que aparenten. No va nada bien.
*Periodista
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