Opinión | Entre visillos
¿Morir de éxito?
La masificación de visitantes en los patios pone en riesgo su carácter íntimo y un modelo sereno de convivencia
Mayo sigue su ritmo acelerado -¿por qué será que las alegrías pasan más deprisa que las penas?- y se encamina hacia su recta final, con el gran broche de la feria, que viene a ser la antesala del verano cordobés. Pero mientras se encienden las luces en el Arenal, quedan unos cuantos días, hasta la tarde del domingo, para disfrutar de uno de los mayores privilegios que ofrece la ciudad, sus patios. Dos semanas gloriosas ha habido para adentrarse en estos paraísos vegetales donde el tiempo parece detenido; y además sin pagar un céntimo gracias a quienes los abren generosamente a la curiosidad ajena, y a la ayuda municipal. Un gesto rumboso por parte de propietarios y cuidadores que no siempre se sabe apreciar. Participan 64 recintos que, ya lo sabrán si los han visitado, este año libre de sequía lucen a cuál más bonito, hasta el punto de que el jurado ha tenido difícil elegir entre los 53 a concurso, cuyos ganadores se conocerán mañana.
Entre todos ellos configuran un evento único en el mundo que aúna el primor floral, la belleza arquitectónica y la maestría y esfuerzo en su conservación, pero también una forma de ser y hacer ciudad respetando la tradición, más allá de senequismos y tópicos, que supone un modelo de convivencia compartida en armonía entre propios y extraños. Y la forma de mostrar lo íntimo a cuantos quieran verlo durante este periodo de puertas abiertas que se conoce como la Fiesta de los Patios es ante todo lo que premió la Unesco con su declaración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en diciembre de 2012. De vez en cuando conviene subrayarlo porque se desatiende un concepto básico, la naturaleza misma del patio como espacio interior heredada en lo urbanístico de nuestros antepasados árabes. En torno a ese carácter se articula una honda filosofía de la coexistencia entre vecinos, serena, sobria y exenta de folclorismos baratos a los que los cordobeses son poco dados; un cóctel reconcentrado de sociología y estética muy nuestras, que por ejemplo debería disuadir de adornar fachadas con floripondios artificiales a quienes, por ignorancia o afán recaudatorio, ofrecen una imagen falsificada de Córdoba al visitante.
Los patios son un asunto muy serio que, a poco que nos descuidemos, se nos acabará yendo de las manos si no somos capaces de darles el valor y el respeto que se merecen por culpa de una sobreexplotación comercial. ¿Podrían los patios desvirtuar su esencia por esas avalanchas de turismo que concitan a cada edición desde que son famosísimos en las redes? ¿Están en riesgo de morir de éxito? Esta era la pregunta de la que partía un animado debate celebrado por la Real Academia el pasado lunes en el instituto Góngora, con la presencia del concejal de Fiestas, Julián Urbano, y los presidentes de las asociaciones Amigos de los Patios y Claveles y Gitanillas, Miguel Ángel Roldán y Rafael Barón. Ellos, por unas razones u otras, niegan la mayor. Y es lógico que así sea. Los propietarios porque están orgullosos de exhibir urbi et orbi un tesoro que les cuesta mucho tiempo y dinero mantener, lo que no les evita grandes berrinches y quejas cuando el público masificado roza las plantas y olvida que está en un domicilio privado. Y el Ayuntamiento porque ve en los patios una fuente inagotable –la que más junto a la Mezquita- para proyectar la ciudad internacionalmente.
Pero lo cierto es que todas las partes implicadas creen necesario sentarse a estudiar estas y otras cuestiones, entre las que no estaría de más clamar a la conciencia de quienes más se benefician del tirón turístico de los patios sin poner un euro. De lo contrario, entre todos podríamos matar la gallina de los huevos de oro, y sería Córdoba la que saliera perdiendo.
*Periodista
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