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Opinión | Paso a paso

Todo vale

Hay campañas que ya no se ganan con programas, sino con salpicaduras. No se acude al mitin a persuadir al indeciso, sino a derramar sobre el adversario una cubeta de sospecha, de esa sospecha viscosa que ningún desmentido lava del todo. Antes la política conservaba una frontera: la conciencia de que ciertas palabras, una vez pronunciadas, no regresan al redil de la boca. Hoy se las suelta como perros hambrientos y luego se finge asombro al verlas morder.

La campaña andaluza nos ha ofrecido uno de esos espectáculos en que la democracia enseña por debajo las costuras de la taberna. El narcotráfico, que debería convocar gravedad casi funeraria -porque hay agentes que se juegan la vida y comarcas heridas-, comparece como munición electoral. No como problema de Estado, sino como pedrada de atril. Y entonces la política deja de preguntarse cómo se combate el mal y empieza a preguntarse cómo endosárselo al enemigo.

Karl Kraus hizo de la degradación del lenguaje una autopsia de la decadencia europea. Sabía que las palabras, cuando se prostituyen, acaban prostituyendo también la conciencia. Algo parecido ocurre entre nosotros: cada acusación inflada, cada insinuación sin expediente, cada hipérbole arrojada a la multitud deja veneno en el aire común.

Hay una obscenidad particular en convertir la desgracia en argumento de campaña. La muerte, cuando entra en la plaza pública, debería obligar a todos a bajar la voz. Pero nuestra época ha perdido el pudor ante los féretros. Se invoca a los servidores públicos caídos como quien agita una bandera ajena; se pronuncian palabras monstruosas -narcotráfico, corrupción, sangre- con ligereza de mercader. Quevedo habría reconocido ahí la vieja España de los tahúres con moralina.

No se trata de pedir una política de porcelana. La corrupción debe ser denunciada, perseguida y castigada. Pero una cosa es llevar hechos al juzgado y otra arrojar insinuaciones al gentío. Una cosa es la acusación documentada y otra la calumnia atmosférica, esa niebla venenosa que no afirma del todo para no responder del todo.

Orwell advirtió que deteriorar el lenguaje político es empezar a servir a la mentira. Cuando las palabras dejan de significar para excitar, la verdad estorba y la mentira moviliza. El elector deja de ser conciencia libre y se vuelve garganta que corea y dedo que señala.

El «todo vale» no es una estrategia: es una confesión. Confiesa que ya no se cree en la inteligencia del ciudadano, sino en su reflejo tribal; que no se busca convencerlo, sino enfurecerlo; que no se le ofrecen razones, sino enemigos. Así se pudren las democracias: no con botas en la madrugada, sino con palabras degradadas, con insinuaciones que sustituyen a las pruebas, con esa pedagogía del fango que enseña a despreciar antes que a pensar. Cuando la política convierte el barro en programa, no sólo ensucia al adversario: ensucia también a quien aplaude y a la propia democracia.

*Mediador y escritor

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