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Opinión | Cosas

Deméter

Varna es un topónimo indisolublemente asociado a la novela gótica de terror. Bram Stoker fue un gran viajero, pero nunca visitó los países de Europa del Este. Aun así, eligió esa ciudad costera del mar Negro -hoy búlgara- como puerto desde donde partió el Deméter, el barco que trasladó al conde Drácula a Inglaterra. A los ojos de hoy, uno habría escogido Constanza como punto de partida de ese tétrico viaje, pues en su paseo marítimo alberga esta ciudad rumana un bellísimo y decadente casino modernista, un faro en su decrepitud de la caja de los truenos balcánica. Pero no puede haber ninguna imputación al señor Stoker, entre otros motivos porque la novela del más famoso de los vampiros se publicó en 1895 y el morboso casino se inauguró quince años después.

El Demeter, con su bodega maldecida por un féretro y su séquito de ratas, entronca con el horror a lo desconocido, como esa peste negra cuyos vientos en Europa soplaron desde la misma dirección. Lo ignoto genera el miedo; el miedo fabrica el prejuicio; y el prejuicio se mal remedia con la superstición. El barco es la gran metáfora de nuestras fobias, al tiempo que la gran catarsis de nuestra superación. El MV Hondius, el crucero que ha ocupado la primacía mediática podría haber troquelado su nombre con el Deméter; o con el Erebus y el Terror, aquellas embarcaciones británicas que desaparecieron en el Ártico en la búsqueda del paso del noroeste.

El hantavirus asocia este crucero de lujo con el manoseado guion de una película apocalíptica: un viaje de placer en las primeras secuencias; los tópicos prepotentes de endosar la infestación a los anillos exteriores de Occidente, incluyendo en la travesía un prurito de reminiscencias históricas que sirven para malear la trama a gusto del consumidor: un posible contagio en la Tierra de Fuego, para fondear en Santa Elena y conjurar el último hálito de Napoleón con las maldiciones de Tutankamón (solo faltarían los Templarios). En esta sociedad tan oportunista - incluido el mea culpa de los articulistas-, como del cerdo, hay que aprovecharlo todo de esta cepa del hantavirus, incluyendo esos chorreos de alarmismo y demagogia, que derivan a que Nostradamus concelebre la misa del Papa en Canarias, el fin del mundo sarcásticamente iniciado en las Islas Afortunadas.

Si no fuera porque las relaciones de la Iglesia con la extrema derecha no están en su mejor momento, Vox podría haber incluido en su campaña electoral un lema muy eclesiástico: «Por la caridad entra la peste». Los mismos que se empachan de la idea fuerza de la islamofobia, toman como ejemplo a Marruecos por decirle nones al desembarco de los pasajeros del MV Hondius. Y en Tierra de Fuego aún no se ha detectado ningún caso, pero en Argentina son más de 130 los fallecidos por hantavirus, mientras Javier Milei también ha aplicado la motosierra a sus relaciones con la Organización Mundial de la Salud.

Desde luego este Gobierno no atesora espuertas de credibilidad, y el resquemor a su gestión en la pandemia aumenta los ojos avizores. Y puede haber indicios de sobreactuación, así como unos indisimulables réditos políticos al intentar desnudar la cicatería solidaria de los adversarios. Pero entiendo que se ha hecho lo que se tenía que hacer. Las soluciones no pasan por retroceder a las campanillas de los leprosos ni izar bandera amarilla, dejando a su suerte a un barco en cuarentena.

El bien general pasa por conjugar unas eficaces medidas profilácticas y una necesaria solidaridad internacional. Lo contrario es retornar al fetichismo, a las calles tapiadas y al estigma de los lazaretos. A veces pienso que el corazón es una botella de cristal. Y el Deméter lo llevamos dentro.

*Licenciado en Derecho, graduado en Ciencias Ambientales y escritor

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