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Opinión | Escenario

Colas

Traté de animarlo: «Lo he dicho por decir. A ver si hay suerte»

El pasado lunes, con el Festival de los Patios recién estrenado, vino de Granada mi amiga Mª Jesús. En Córdoba la esperábamos Manuela, Encarni y yo. Las tres se fueron de patios y yo, que tenía algunas cosas que hacer, quedé en encontrarme con ellas a la hora de comer. Cuando llegué a la taberna elegida, tuve que buscarlas en una cola de, por lo menos, cuarenta personas. Un camarero controlaba la entrada al comedor, que estaba completamente vacío. A las dos y cuarto comenzó a dejar pasar -con cuentagotas- a la impaciente clientela. En voz baja comenté: «Sin reserva, no hay mesa». Un señor que estaba delante de nosotras se volvió para decirme: «Por favor, no me quite usted la esperanza». Traté de animarlo: «Lo he dicho por decir. A ver si hay suerte». Mientras, Manuela, a cuyo nombre estaba hecha la reserva, se acercó discretamente por un lateral y le preguntó al camarero: «¿Los que tienen reserva también tienen que hacer cola?» La respuesta nos sorprendió a todos: «Tranquilita, que tenemos que organizarnos». Tengo que aclarar que Manuela tiene casi sesenta años y es la más tranquila de las cuatro; por eso, temiendo alguna salida de tono nuestra, suele erigirse en embajadora. O sea, que lo de «tranquilita» fue totalmente injusto. Tendríamos que haberle dicho que la «organización» debería haber empezado una hora antes.

Eso sí, una vez que conseguimos llegar a nuestra mesa y que nos trajeran cuatro cañas, cuestión que también se demoró un buen rato a cuenta de la «organización» -aquello parecía el colegio- tengo que reconocer que las alcachofas a la montillana, el salmorejo, el bacalao frito y el flamenquín estaban buenísimos, pero la cuestión de hacer cola -esperar turno, hacer fila o hilera o como se diga en cualquier idioma- no estuvo conseguida. Me recordó un poco aquellas cosas que contaba mi abuela de la escasez de la posguerra, aunque esto no tenga nada que ver con la escasez, sino más bien con el exceso. Morir de éxito suele llamarse. Nos despedimos en la puerta. Ellas continuaron con su ruta, que incluía visitar más patios y comer caracoles. Yo me fui a casa.

Cuando llegué me encontré con mi hijo Miguel, que me estaba esperando para hacer la declaración de la renta -otra alegría- y aproveché para recordarle que tiene que hablar con su amigo, el de la empresa instaladora del aire acondicionado, y pedirle que vengan a revisar el mío, que no enfría. «Mamá, ya he hablado con él y dice que ahora están muy liados, que todo el mundo está con la puesta a punto de los aparatos, que tienen muchos avisos, pero que vendrán. Tú tranquila, que te han puesto en la cola».

*Académica

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