Opinión | El ángulo
Polarizas tú mejor
Se repite mucho que España está cada vez más polarizada, pero hay una idea que conviene matizar. Decir que los dos lados están igual de mal suena equilibrado, pero no describe bien la realidad. La polarización política no se manifiesta de forma simétrica. No todos los actores tensan la cuerda con la misma intensidad ni de la misma manera, ni persiguen los mismos objetivos cuando lo hacen.
En los últimos años hemos visto cómo el debate público se ha ido desplazando. Ya no se trata solo de discrepar, sino de cuestionar la legitimidad del adversario. No estamos tanto discutiendo la idoneidad de las decisiones políticas como poniendo en duda el derecho a gobernar del otro, incluso su condición de interlocutor válido. Ese cambio no es menor: convierte el desacuerdo en un conflicto más profundo, más emocional y mucho más difícil de encauzar.
Ahí es donde empieza la diferencia, porque no es lo mismo criticar con dureza que señalar. No es lo mismo elevar el tono que convertir al rival en un enemigo al que hay que desacreditar por sistema. En este clima, algunas prácticas se han ido normalizando: acusaciones sin pruebas, campañas contra periodistas porque molestan sus informaciones u opiniones, o el hostigamiento a representantes públicos, incluso ante sedes de partidos. Hay patrones reconocibles, y negarlos en nombre de una equidistancia no ayuda a entender nada.
Las recientes declaraciones de Borja Sémper al volver a la primera línea política apuntaban precisamente a ese deterioro del clima que va más allá del rifirrafe habitual. Bienvenidas sean sus palabras y que encuentren eco dentro de su propio partido. Señalar la degradación del debate exige también revisar las propias estrategias y discursos, no solo los ajenos.
La irrupción de nuevos perfiles mediáticos a sueldo de intereses políticos, que hacen de la provocación una estrategia, contribuye a tensar la escena. Figuras que viven de encender conflictos inexistentes no son la causa única de la polarización, pero sí un síntoma claro de hacia dónde se ha desplazado parte del debate público.
Nada de esto significa que la crispación sea patrimonio de un solo bloque ni que no haya responsabilidad compartida. La polarización crece en distintos espacios, y sería ingenuo negarlo.
Pero reconocer eso no obliga a comprar la idea de que todos hacen lo mismo en la misma medida. El problema de insistir en una falsa simetría es que diluye las responsabilidades. Si todos empujan igual, nadie empuja más. Hay dinámicas distintas de ejercer esa polarización, y hasta que no se reconozca esa desigualdad, seguiremos describiendo el problema sin acabar de entenderlo.
*Politóloga
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