Opinión | Para ti, para mí
Fulgor de Juan de Ávila, esplendor de los patios
Hoy, 10 de mayo, se celebra el día de san Juan de Ávila, Apóstol de Andalucía, Doctor de la Iglesia universal, patrón del clero secular español, al compás de los hermosos mensajes de su himno: «Apóstol de Andalucía, / el clero español te aclama, / y al resplandor de tu vida, / en celo ardiente se abrasa». En Montilla, la antigua iglesia de la Encarnación y posteriormente santuario de san Juan de Ávila, elevada a la categoría de «Basílica», el 20 de junio de 2012, se conserva y venera su sepulcro con sus restos, guardados en el «Arca del Testamento». El pasado jueves, el clero cordobés celebró allí su fiesta, con una solemne Eucaristía. Juan de Ávila, recién liberado de las cárceles sevillanas, se incorpora a la diócesis de Córdoba, rehusando el hospedaje que el obispo le tenía preparado en el propio palacio episcopal, y eligiendo una pequeña habitación en el hospital de san Bartolomé, donde se consagró al cuidado y enseñanza de los enfermos y a la asistencia de los moribundos. Pronto su predicación se ve jalonada por numerosas conversiones, adentrándose en la «briega evangelizadora», apurando las horas del reloj, ayudando a la formación del clero, predicando por los pueblos, aconsejando a quienes se acercan a beber de su honda sabiduría. Juan de Ávila fue una vocación para la reforma que la Iglesia necesitaba, en unas circunstancias en las que la Iglesia y la sociedad del siglo XVI necesitaban guías experimentados que las renovaran. En sus discípulos dejó una profunda huella por su amor al sacerdocio y su entrega total y desinteresada al servicio de la Iglesia. El epitafio que aparece en su sepulcro refleja a la perfección quien fue san Juan de Ávila, «-Messor eram». «Fui segador»-, un predicador que siempre ponía en el centro de su mensaje a Cristo crucificado y que buscaba con sus palabras sencillas y profundas, tocar el corazón y mover a la conversión de quien le estaba escuchando. Hoy, en la liturgia de la Iglesia, seguimos celebrando los domingos de Pascua, a la luz del cirio pascual, que simboliza la presencia de Cristo resucitado, mientras recordamos el momento conmovedor y dramático de la Última Cena de Jesús con sus discípulos, en la que el evangelista Juan oye de boca del Señor sus últimas enseñanzas antes de la pasión y muerte. En ese momento triste y oscuro, Jesús promete a sus amigos que enviará «otro Paráclito» (Juan 14,16), palabra que significa «abogado», «defensor» o «consuelo»: «El Espíritu de la verdad». Y añade: «No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros». Estas palabras transmiten la alegría de una nueva venida de Cristo: Él, resucitado y glorificado, vive en el Padre y al mismo tiempo viene a nosotros en el Espíritu Santo. Y en su nueva venida se revela nuestra unión con Él y con el Padre: «Sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros». Teología intensa, pura y dura. Meditando estas palabras de Jesús, hoy percibimos gracias a la fe que somos el pueblo de Dios en comunión con el Padre y con Jesús mediante el Espíritu Santo. En este espiritu de comunión, la Iglesia encuentra la fuente inagotable de su misión, que se realiza mediante el amor. Jesús dice en el evangelio de hoy: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama». El amor nos introduce en el conocimiento de Jesús, gracias a este «abogado» que Jesús nos envía, es decir, el Espíritu Santo. El amor a Dios y al prójimo es el mandamiento más grande del Evangelio.
Córdoba sigue viviendo la «magia multicolor» de sus patios, ensalzados poéticamente por Antonio Gala: «Los patios cordobeses tan vividos. El apoyo circular, abarrotado de macetas. El pozo descentrado. Las flores cantando más que pájaros en la jaula del tiesto, colgada en la pared o en la baranda», finalizando con el aroma de un anhelo intenso: «Y siento no encontrarme yo tambien en un patio». Quisiera evocar, por «alusiones ministeriales», el patio del Convento de Santa Marta, -denominado «el patio de recibo» a la visita del Monasterio, en el argot conventual-, sencillo, silencioso, envuelto en una brisa monacal que se eleva a las alturas de la vida consagrada de su pequeña comunidad de religiosas jerónimas. De fondo, los versos del poeta José Luis Cano: «Pero entretanto, tú estás cerca de mí / y permites que te contemple un instante, / sobrecogido ante la hermosura de tu silencio».
*Sacerdote y periodista
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