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Opinión | Cielo abierto

Viernes de escritura

Se me ocurren muy pocas cosas tan alucinantes como estar escribiendo un viernes por la tarde. Estar escribiendo un viernes por la tarde, con la ventana abierta, con una brisa suave que entra en mi habitación y me roza la cara. Donde escribo, en mi casa de Madrid, hay un pequeño parque justo al lado. De hecho, en uno de mis ventanales, donde tengo mi antigua mesa -tabla de escritura, tabla de salvación, vuelvo a leer a José Luis Sampedro-, casi tienes la impresión de poder descolgarte por las ramas, a pesar de estar en una de las plantas superiores. Escucho las voces de los niños, sus gritos y sus risas. Hoy llevo escribiendo todo el día, toda la tarde: hoy lo único que he hecho es escribir. Ha estado lloviendo, ha granizado y ha sido estupendo. En un rato, si cumplo el objetivo de mis páginas de hoy, hasta es posible que salga a correr, a dejar que mis pulmones se ensanchen con el aire de todo lo que ven. Cuando siento esa energía, esa lluvia que cae y que golpea la tierra, y escucho al mismo tiempo las pulsaciones de mis dedos en las letras, como si estuviera bailando claqué sobre el teclado, sé que todo va bien, todo está en orden. No he comido: porque si estás ahí, al final de cada párrafo, de cada página, del temblor y las voces de tus personajes, de pronto se te olvida y son las tres, las seis, se hace de noche.

Pero ahora que hace sol y que la brisa sigue siendo ligera en la ventana, que tengo todas las copas de árboles ahí y escucho las voces de los niños, me siento bien. Escuchar a los niños y escuchar a mi hijo no es igual, pero he sido capaz de darle la vuelta a esa emoción y de sentirlo así. No siempre me ha funcionado de esa forma: antes, sobre todo al principio de mi resurrección, escuchar a los niños era doloroso, porque el mío está muy lejos. Ahora las voces me llegan envueltas en el aire que me rodea y que respiro, ahora forman parte de este mismo ritmo al escribir, de mi sangre encendida en sus voces que brotan al lado de los árboles, con la tierra mojada. Todo es celebración y no todo es política, todo es vida que nace, porque continuamos vivos y podemos cantar.

Mi canto es escribir, mi deseo es abrazarte, porque si estoy contigo soy mejor. Escribo esta columna y después seguiré con mi novela, porque mi vida es eso y está bien. Eso y dar las gracias: por todo lo vivido, todo lo que me llena. Como el último sábado, hace una semana, cuando estuvimos juntos celebrando la llama que se enciende con cada comunión. Cuánta razón tiene el gran Lope de Vega, el Fénix, un sabio: mejor dejar atrás, entre ladridos, a los perros del hortelano. Aprendemos, sentimos, te espero, toda escritura viva debe continuar y es, gozosamente, viernes por la tarde.

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