Opinión | el cuerpo en guerra
Tremendamente blanca (Vol. I)
Menudo guantazo de realidad. Me hacía falta. Jamás había sentido tanta vergüenza por ser blanca y ni tanta falta de legitimidad para contar mi experiencia. Yo, paciente con dolor crónico, enferma y psiquiatrizada. Pero tremendamente blanca y, además, delgada. Ya me valía. ¿Cómo, dentro de mi condición de falta de salud, no me había dado cuenta de los privilegios que habían condicionado que tuviera mayor facilidad de acceso a tratamientos médicos y sin tanta violencia institucional ni tanta falta de crédito, que la hubo, pero no comparable a lo que estaban contando mis compañeras racializadas?
Contextualizo: la otra tarde fui al encuentro «Descolonizar la enfermedad, descolonizar la locura». Tatiana Romero compartió testimonios de varias compañeras racializadas afectadas de endometriosis y no paraba de estremecerme, horrorizarme y sentirme cada vez más avergonzada por cómo el sistema de salud español las había tratado con violencia y descrédito, infantilizándolas, atiborrándolas a pastillas de todo tipo sin atender a posibles incompatibilidades con otras condiciones de salud.
A medida que escuchaba me iba volviendo más y más pequeña y me iba sintiendo más y más blanca y avergonzada y tremendamente privilegiada por mi «normatividad» e iba disminuyendo mi volumen corporal hasta alcanzar el tamaño de una ratoncita cis hetero.
A eso se sumó los datos que aportó Fátima Masoud sobre la psiquiatrización en nuestro país. Me sentí afortunada porque simplemente me hubieran atado a una cama en contra de mi voluntad y me negaran la posibilidad de beber agua durante mi ingreso psiquiátrico. No me habían provocado ninguna sobredosis porque las pautas se calculen para cuerpos blancos masculinos (y la medicina en general gire en torno a ellos), no me habían expuesto a terapia de ‘electroshock’.
¿Cómo he podido estar tan ciega, blanquita de mí? Yo, que aprendí a asimilar mi dolor con ‘Los diarios del cáncer’ de Audre Lorde, que he perdido la cuenta del número de veces que me he repetido los versos «Me levanto. / Me levanto. / Me levanto.» de Maya Angelou, ambas escritoras negras. Que creía haber aportado mi granito de arena al activismo al exponer mi vida para concienciar sobre el dolor crónico... Que sentía que mi realidad era un infierno cuando resulta que soy tremendamente afortunada por ser blanca-occidental-delgada-cis-hetero. ¿Qué cuerpos consideramos cuidables en España? ¿A qué cuerpos atribuimos la dignidad de ser tratados médicamente y ver su condición de salud reconocida? Menuda bofetada. Qué necesario.
Quizás este sea un principio.
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