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Opinión | CALIGRAFÍA

El montón de corbatas

Javier y Vera. No sé si en el futuro-un futuro lejano que no me será dado ver- se leerán periódicos. No sé cuál es la correcta forma de afrontar la lectura de un padre, porque no la hay: leemos lo que nos interesa y lo que no nos interesa no se lee ni por amor (no así por odio, por odio se lee mucho). Podríamos descubrir una persona distinta a la querida, o tal vez identificar como general lo que creíamos propio. Empiezan a ser los difuntos lo que podemos imaginar y no lo que fueron, sin que quede quieto el caleidoscopio. Si encontráis esta columna y no estoy, y os aparece vacío mi ajuar, y tenéis que decidir qué ropa sirve y cuál se tira, qué se hace con los peces pequeños que no enredó el testamento, sabed que tengo muchas corbatas, que casi ninguna la elegí yo y que muchas me parecen horrendas. Todas me las he puesto, de niño mucho, de adolescente menos, ya mayor a diario. Las he dejado preparadas con la camisa el día de antes de alguna intervención que creía importante, he respetado sus reglas arbitrarias, me las he aflojado para conducir, he repetido el nudo para darles su longitud correcta. El misterio es ponérsela como el que se pone una camiseta. Me han dicho, con corbata, que la gente con corbata no es de fiar. No me las he puesto por mí, sino por la tranquilidad ajena. Conozco su idioma sutil y un vistazo en la corbata de otro me descubre íntimos secretos. La de elefantes es bonita, ¿verdad? Es de niño. Las mejores son de mi abuelo o mi padre, aunque en ellos parecían otras. Mi favorita es una burdeos con dibujitos de Curro, la mascota de la Expo, regalo de mamá. Vas bien, pero vas haciendo la gamberrada.

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