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Opinión | Tormenta de verano

Urnas y posverdad

En el umbral de las próximas elecciones el aire se espesa con la habitual coreografía de reproches, eslóganes y polarización que parecen haberse convertido en el lenguaje de la política contemporánea, priorizando el relato sobre el programa. Sin embargo, bajo la superficie del marketing electoral, late una demanda ciudadana silenciosa pero firme: la necesidad de construir alternativas reales, de articular propuestas honestas y, sobre todo, de un compromiso social que trascienda la noche del recuento de votos.

Hoy la verdad parece haberse convertido en un lujo prescindible. Lo que antes era un desliz o una exageración política, se ha transformado para algunas formaciones en una estrategia de desinformación deliberada que inunda las redes sociales y los espacios públicos. Esta «mentira gratuita» no solo busca el voto inmediato, sino que está erosionando los cimientos de la confianza social y el bienestar emocional del ciudadano. Las redes sociales han dejado de ser meras plataformas de comunicación para convertirse en campos de batalla donde las emociones priman sobre los datos. La desinformación se aprovecha del miedo y la angustia para circular con mayor velocidad que la realidad, con un bombardeo constante de afirmaciones falsas que genera incertidumbre en el electorado, ante una realidad fragmentada donde ya no puede distinguir lo cierto de lo fabricado. La exposición recurrente a noticias falsas confunde y agota psicológicamente a las personas, llevándolas a un estado de desafección. Según el reciente informe ‘Jóvenes Españoles 2026’ de la Fundación SM, el 68% de los jóvenes está insatisfecho con el funcionamiento de la democracia; con problemas de acceso a la vivienda y demandas no resueltas pero, sobre todo, expuestos «a mensajes que antes no estaban presentes y que son más radicales, de extremismo ideológico, y eso hace que apoyen menos la democracia».

Para Adela Cortina, hacer propuestas honestas en campaña significa aplicar una «ética de la razón cordial». No se trata solo de presentar números, sino de comprometerse con la verdad. La democracia no es solo un sistema de mayorías, es un sistema de justicia. Propuesta honesta es aquella que admite sus límites, que detalla los recursos y que no oculta los obstáculos. El compromiso con la sociedad no es un contrato de adhesión que se firma cada cuatro años y se guarda en un cajón, sino una responsabilidad ética y social. Alternativas desde la escucha a las plataformas vecinales, colegios profesionales y a los movimientos sociales. Una campaña electoral que ignora estas voces para centrarse en el ataque al adversario es una campaña baldía. La verdadera política es la que es capaz de tejer alianzas entre lo público y lo social, transformando la indignación en propuestas viables. Como escribió Hannah Arendt, «el poder nace cuando las personas actúan juntas». Se construye en la coherencia entre discurso y realidad, en el respeto al adversario y en el compromiso innegociable con el bienestar común. Porque, al final del día, cuando las luces de la campaña se apaguen y los carteles se descuelguen de las farolas, lo único que quedará será la solidez de las propuestas y la integridad de quienes las defendieron. La democracia se juega una mayoría parlamentaria y su credibilidad. Es hora de que la honestidad en las palabras y los gestos sea el programa electoral más ambicioso de todos. A veces, el menos honesto es el que más grita, más embarra y polariza, y más promete.

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