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Opinión | Punto y coma

Parte de la juventud

Hace unos días volví a moverme por el subsuelo de Madrid viajando en el Metro. Y recordé cuántas asignaturas había estudiado durante años en aquellos viajes diarios. De nuevo, allí estaban ellos, diferentes rostros, pero el mismo perfil: jóvenes que luchan, que se diferencian, y mucho, de los que esperan a que los lleve una incierta corriente hacia donde ni siquiera sospechan.

Era un día laborable y estábamos en hora punta. Mi familia y yo subimos a un vagón atestado de gente en una línea que atraviesa Madrid de norte a sur, pasando por la Puerta del Sol. Todos los asientos estaban ocupados, pero no pasaron ni cinco segundos hasta que nuestro hijo, que tiene seis años, ya ocupaba uno de aquellos. Previamente, una pareja de jóvenes, que sujetaba en sus brazos libros y tabletas electrónicas, se había levantado en el mismo momento en que se percataron de que había un pequeño sin un lugar para sentarse. Debieron de pensar que era lo justo y me recordaron una vez más que la juventud, frente a lo que opina la mayoría, no está perdida. Muchos jóvenes saben lo que quieren y luchan por ello, aunque el coste sea alto. Muchos, además, hacen gala de buenos valores, probablemente heredados de sus mayores.

Mientras unos políticos no están dispuestos a dejar vacía la silla del mando, ni siquiera cuando sus hombres de confianza ocupan el banquillo de los acusados por haber cometido, presuntamente, graves delitos, otros jóvenes ceden sus asientos a quienes consideran más vulnerables. No los vemos a menudo, porque están ocupados, plantando las simientes de lo que imaginan un buen futuro, pero, insisto, existen y son el aval de que, efectivamente, parte de la juventud no está perdida.

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