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Opinión | Entre visillos

Toda una vida

La Sala Vimcorsa homenajea a la pintora Rita Rutkowski, de 94 años, con una retrospectiva de su obra

Aunque apenas si sale ya de casa por problemas de movilidad, los mismos que le impiden superar a pie el tramo sin ascensor que conduce a su estudio, Rita Rutkowski espera, ilusionada y nerviosa como si fuera la primera vez, la oportunidad de asistir mañana en la Sala Vimcorsa a la inauguración de la última muestra de su pintura. Y es que la ocasión bien le merece hacer un pequeño paréntesis en ese encierro que unas veces asume con resignación y otras en rebeldía. Porque hay que decir que, a sus 94 años, la artista conserva unas ganas infinitas de estar en el mundo y que el mundo llegue hasta ella; pero es que además ahora no se trata de un simple paseo apoyada en el andador, sino de redondear con su presencia una retrospectiva de casi centenar y medio de obras, o lo que es lo mismo, el testimonio de toda una vida dedicada al arte a su manera profunda –insinuando mucho más de lo que se ve-, comprometida e íntimamente lírica. La exposición ‘Un hilo de pensamientos’ (‘A train of thoughts’ titulada en inglés, que es como Rita piensa) reúne más de cincuenta años de plástica contemporánea entre dos siglos y dos escenarios, el norteamericano y el cordobés, que habita desde hace siete décadas con grandes alegrías y hondas desilusiones.

La antología llega dos años después de otra en la Sala Mateo Inurria que, bajo el epígrafe ‘Ciclos’, exhibía su última producción en pequeño formato, poemas plásticos tan hermosos como cargados de tensión intelectual en los que esta «clásica contemporánea», como la definió Juana Castro, narraba las fases de la creación como metáfora de la existencia. Vimcorsa, en un ambicioso intento de lograr la exposición definitiva, concentrará hasta el 8 de julio el resumen de un largo periplo vital, desde los comienzos hasta los más recientes trabajos: cuadros emprendidos en Nueva York -nacida en Londres, Rutkowski llegó allí con un año junto a sus padres, emigrantes de ascendencia polaca-, cuando empezaba a hacerse un hueco tras formarse gracias a becas importantes; lienzos de los años setenta en que aborda la figura desde el expresionismo, salpicados de pesadumbre existencial y hasta denuncia política; otros de los ochenta, como la serie ‘The Crash’, poesía de la violencia en una sociedad siempre enjuiciada -y muchas veces considerada culpable- desde su óptica crítica. Se recogen también dibujos, bocetos e impresiones de su llegada a Córdoba en los cincuenta, tan fascinada por la monumentalidad que se encontró -y plasmó en pinturas reflexivas encadenando abstracción y figuración- como perdida en un choque cultural que aún no ha superado.

De todo ello quedará constancia en un catálogo donde textos de Rafael Sillero -comisario de la muestra-, Ángel Luis Pérez Villén y Marisa Vadillo glosan las piezas. Algunas de ellas no han sido expuestas nunca, otras llevan más de medio siglo sin enseñarse. El resto constituye el legado esencial de su trayectoria, basada en el principio de que la obra es el lenguaje del que se vale el creador para establecer diálogo con el público y que, por tanto, deberían sobrar otras explicaciones. Proceden del Museo de Bellas Artes, la Fundación Botí, El Círculo de la Amistad, particulares y sobre todo del estudio de la pintora. En este pequeño espacio, añorado a diario por Rita y objeto de un reciente documental, se agolpa en caótica armonía una ejecutoria fértil tejida de recuerdos de la ciudad de los rascacielos, observaciones del entorno y añoranzas del futuro. Una obra en la que concepto y belleza, bañados en semiabstracciones que más que mostrar sugieren, dejan ver el universo propio de esta mujer tenaz, coherente y curiosa que a los 94 años estaría dispuesta a volver a empezar.

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