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Karma
Siempre había creído que eso del karma era una gilipollez sin fundamento alguno, superstición barata, un lugar común para atribuir sentido al incontrolable azar. Cuando dejó a Inma recibió un mensaje de Fran, el omnipresente y plumífero amigo del alma de quien ya sería su ‘ex’ para siempre: «Eres lo peor. Lo que has hecho con Inma es muy fuerte. Me consuela saber que el karma te dará lo que mereces».
Pesadito el colega. Mucho. No había quien lo aguantara. Por eso estaba más solo que la una y vivía alojado en el corazón de Inma como un parásito emocional, por eso le había tocado soportarlo hasta en vacaciones, cuando se plantaba de gorra donde fuera para cortarle el rollo e impartir sus lecciones de progresismo infantiloide, todo con eslóganes de ‘mani superguay’, hasta muy tarde y con mucha superioridad moral, más aún cuando él, tal vez por el calentón de la hartura y por rebelarse frente a tanta catequesis, le soltó que no descartaba votar a Vox.
Él no tenía la culpa de que a Inma la hubieran echado del trabajo. Llevaba mucho tiempo con la idea de la ruptura en la cabeza y demorar el momento por el despido y la lástima no hubiera servido más que para intoxicar un vínculo ya muy deteriorado. No merecía la pena seguir así. Lo del ictus de la madre de Inma pasó después de que lo dejaran. Y lo de la gata también. Era injusto que el entorno de su antigua novia, el susodicho Fran básicamente, metiera el fin de la relación en el mismo saco de sus desgracias posteriores y lo acusara de hundirla en la miseria.
Lo cierto es que no se arrepentía. Recuperar el gusto de vivir solo en su apartamento después de más de seis años de convivencia con Inma le vino bien. Ya no tenía que dar explicaciones y negociar para hacer cualquier cambio. La domótica, sin ir más lejos. No tardó en gastarse lo que le pareció conveniente en llenar de avances tecnológicos la república independiente de su casa.
Una mañana, de buen humor en el baño antes de irse al trabajo, recordó con un mohín arrogante el pronóstico amenazante sobre el karma del amigo de su ex. Se dio cuenta de que iba tarde. Tenía que correr. Dejó el móvil sobre el mueble del lavabo justo cuando Facebook reproducía un vídeo de María Jesús Montero. Al terminar de ducharse dijo «Abrir» esperando confiadamente que la mampara, sellada a la perfección para no dejar que se escapara ni una gota, lo obedeciera de inmediato, cosa que no sucedió. Cuando quiso remediarlo se quedó con el tirador de la puerta en la mano. No podía salir. La domótica no funcionaba. Estaba encerrado. Tenía frío. No le había dado tiempo a poner el calefactor. Pasó por su cabeza una palabra. Mientras tanto, el vídeo de la vicepresidente del gobierno, a voz en grito durante un mitin, no paraba de sonar, una y otra vez, en bucle, una y otra vez...
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