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Opinión | SALIDA DE EMERGENCIA

Jugar

Con trece o catorce años todo pasaba en la calle, que era el lugar donde la imaginación paría pensamientos que sin tocarse se complementaban

Mayo era el mes de las flores, abril el del agua y junio, julio y agosto eran un devenir de días marcados por el verano, los helados, los vestidos repletos de colores y todas esas cosas que hacían de la infancia un lugar casi sagrado, místico incluso, porque en él convivía todo lo bueno y lo malo, haciendo que ambas pudieran ser porciones que la otra parte anulaba. Y no siempre lo malo anulaba a lo bueno, también lo bueno anulaba a lo malo y seguíamos jugando, disfrutando, construyendo cabañas sobre horizontes alejados, montados como íbamos en un frenesí de horas que no tenían cierre y siempre había una última petición para que la calle siguiera siendo nuestra y nosotros libres la recorríamos jugando al escondite, inventando un churro va diabólico. Y en los días de lluvia, que también los había, nos contábamos historias y a veces nos contábamos una historia que construíamos entre todos y que nos parecía fantástica, porque lo que la primera niña formulaba con estas palabras: «El cielo se puso muy negro y la madre le dijo que no saliera de casa, que iba a llover mucho y que podría mojarse e incluso perderse y ella no quería sufrir más», terminaba con estas otras palabras que un niño decía después de que más de quince críos aportásemos nuestro relato. El niño susurraba: «Llegar al fin es un resultado lógico, pero no el que deseamos ahora que es verano y podemos seguir imaginando dónde fue el niño y por qué lloró su madre mientras leía un libro romántico con todos los relojes parados».

Suena raro, pero jugábamos a eso y teníamos trece o catorce años, quizá doce, cuando todo pasaba en la calle, que era el lugar donde la imaginación paría pensamientos que sin tocarse se complementaban. Éramos niños y niñas que crecían queriéndose sin saber muy bien qué era eso, pero entendiendo que era confortable y necesario y no importaba si había un ruido oscuro dentro de la casa, porque fuera todo era luz, primeros amores, algún suave desencanto y horas detenidas sobre las copas de los árboles.

El pasado domingo un niño de catorce años con el que coincidí por casualidad me preguntó si yo me aburría tanto como él. Le dije que no y él quiso saber la razón y yo quise saber por qué él se aburría tanto y él me dijo: «tú primero» y le dije que yo sabía jugar y él me respondió: «jugar a qué». «A cualquier cosa», le dije. Se quedó pensativo y muy contundentemente afirmó: «A mí jugar es quizá lo que más me aburre». Comprendí que el niño tenía razón; simplemente no sabía jugar.

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