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Opinión | PASO A PASO

Ídolo digital

Hay palabras que entran en la política no como herramientas, sino como estampas milagrosas. Se las pasea por los mítines y se espera de ellas lo que antes se esperaba de la providencia: que curen la incompetencia, ordenen el caos y conviertan la administración en máquina pulcra. Inteligencia artificial es una de esas palabras mágicas.

No conviene confundir cautela con nostalgia. Sería ridículo combatir la técnica como si cada avance ocultara pezuña demoníaca. Puede diagnosticar males, prever incendios, ordenar expedientes y librar al ciudadano de esa penitencia burocrática de mendigar una cita. La técnica, cuando sirve al hombre, prolonga su inteligencia; cuando lo sustituye, usurpa su alma.

Ahí empieza el peligro. No porque las máquinas piensen demasiado, sino porque los hombres empiezan a pensar demasiado poco. Se nos dice que la inteligencia artificial hará más eficaz la política; pero antes habría que preguntarse para qué quiere ser eficaz una política que ya no sabe nombrar el bien común. Si todo se reduce a optimizar procesos y hacer del ciudadano usuario, la democracia acabará pareciéndose a una oficina sin rostro, donde nadie decide nada y todos obedecen al sistema.

Romano Guardini advirtió que el poder técnico, cuando no va acompañado de una conciencia moral equivalente, acaba desbordando al hombre que lo ha creado. Esa es nuestra indigencia: hemos multiplicado instrumentos, pero hemos empequeñecido fines; hemos llenado de cables el mundo y vaciado de silencio el alma. Ahora pretendemos entregar a los algoritmos la prudencia, que los antiguos consideraban virtud mayor del gobernante. Una sociedad que delega su juicio no se moderniza: se infantiliza con aparatos caros.

La política convertida en gestión tecnológica olvida que los dolores humanos no son incidencias. Una madre que espera una cita médica, un joven que no puede alquilar una vivienda o un anciano extraviado ante una clave digital no son datos pendientes de depuración, sino vidas reclamando una mirada. Günther Anders comprendió que el hombre moderno puede fabricar cosas más grandes que su propia capacidad de asumirlas; el algoritmo clasifica la circunstancia, pero no abraza el sufrimiento.

Por eso una consejería de inteligencia artificial sólo tendrá sentido si nace subordinada a una inteligencia moral. Será útil si libera tiempo para cuidar, escuchar, sanar y gobernar mejor. Será dañina si sirve para tapar con barniz futurista las viejas ruinas: precariedad, soledad, despoblación, escuela desorientada. La técnica sin alma produce eficacia, pero no justicia; velocidad, pero no sabiduría; cálculo, pero no misericordia.

El futuro no será humano por tener máquinas inteligentes, sino por conservar hombres capaces de conciencia. Si la política olvida esta verdad, la inteligencia artificial no será aurora de una civilización, sino la máscara brillante de una estupidez antiquísima.

*Mediador y escritor

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