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Opinión | Escenario

Lavarse las manos

Dos días del año están dedicados a la limpieza de las manos: el 15 de octubre, que es el Día Mundial del Lavado de Manos y el 5 de mayo, que es el Día Mundial de la Higiene de Manos. El primero está dirigido al público infantil y adulto, en general; el segundo, promovido por la Organización Mundial de la Salud -«Actuar salva vidas» es el lema de 2026- está enfocado al entorno hospitalario; ambos tratan de prevenir la propagación de virus y bacterias. Ya que, en cualquier caso, las manos son nuestra principal herramienta, hay que prestar especial atención a su más cuidadosa limpieza. Esto se nos hizo especialmente importante cuando el Covid 19 nos puso a prueba y nos mostró nuestra debilidad como especie. Hasta entonces los no profesionales de la sanidad nos lavábamos las manos de una manera mecánica, rutinaria e inconsciente, a menos que las tuviésemos muy manchadas y la misma suciedad nos sirviese de orientación. Fue la pandemia la que nos obligó a reflexionar sobre los beneficios de hacerlo de una manera organizada.

Desde pequeños nos enseñan que hay que lavarse las manos a menudo: por supuesto, antes de comer, después de al ir al baño -diría que también antes- al manipular alimentos y en cuantas ocasiones nos dicte el sentido común, que son muchas; pero hay que hacerlo a fondo, con agua y jabón, no sólo con un leve chorreoncillo de agua. Hay que lavarse las manos con orden y concierto; con orden y método, como diría Poirot. El lavado de manos debe durar 40 segundos, como mínimo, y cubrir todas las zonas: palmas, superficie, uñas -recortadas se aconseja; si largas, habrá que extremar las precauciones- y espacios interdigitales.

Conservo el recuerdo de mi abuelo materno -no conocí al otro- lavándose las manos. Él comenzaba, precisamente, con los dedos entrelazados, o sea, que empezaba por los espacios interdigitales, luego frotaba las uñas contra las palmas de las manos y continuaba enjabonando hacia las muñecas y codos. Lo curioso es que mi nieta, de tres años, se sube al escalón que tengo dispuesto en el baño para que los pequeños lleguen al grifo, se remanga hasta el codo, moja sus manos, se echa gel y comienza el lavado exactamente igual que mi abuelo -su tatarabuelo- entrecruzando los dedos y frotando concienzudamente. De paso, se lava la boca. Los dientes pertenecen a otro capítulo. No sé qué parte tiene en esto la herencia y qué parte el aprendizaje, pero me complace verla perfeccionando su técnica, a lo que dedica bastante más de 40 segundos. Ya sabemos que los juegos con agua son los preferidos en la infancia.

*Académica

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