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Opinión | A pie de tierra

Identidad propia

Cuando en los medios de comunicación al uso se escuchan cuñas publicitarias en las que sus protagonistas exageran el deje andaluz, es fácil deducir que se trata de mensajes de inspiración política con los que se pretende exaltar dicho acento como una seña identitaria, sin tener en cuenta que al forzarlo pierde credibilidad; entre otras razones, porque esos mismos profesionales de la radio o de la televisión se pasan la vida tratando de disimularlo para ganar en versatilidad y alcance. Hay por ahí casos realmente patéticos. Esto mismo sucede a diario en las aulas. Cuando mis alumnos hacen exposiciones en clase, algunos de ellos intentan cambiar su forma de hablar hasta caer eventualmente en una suerte de folklorismo que les resta personalidad. En tales ocasiones les insisto siempre en lo mismo: no hay que renunciar jamás al acento propio, sino, en el mejor de los casos, vocalizar para que nos entienda todo el mundo.

Las peculiaridades del habla andaluza remontan como mínimo a época romana, cuando a los autores de la época les llamaba la atención el ‘rudo acento’ de los poetas béticos. Con el tiempo, se han escrito muchas obras que la caricaturizan hasta hacer de ella recurso humorístico, y otras que la dotan de honda trascendencia; pero nada resulta más patético que quienes intentan imitarla sin haberla mamado en casa. El acento de verdad no se puede impostar ni tampoco forzar. Forma parte de la identidad personal y cada uno lo dosifica según le apetece o le brota. Es parte de ese concepto holístico de patrimonio o acervo colectivo que la nueva Ley de Patrimonio Cultural de Andalucía define como aquello que ha ayudado «a formar la identidad del pueblo andaluz y, al transmitirse de generación en generación, ha permitido consolidar los fuertes valores culturales de nuestra sociedad y territorio». De ahí lo llamativo de la campaña institucional auspiciada por la Diputación provincial sobre la ‘Real Academia del acento cordobés’, que han protagonizado un pseudo-Séneca vestido de verde fosforito y el eslogan «tan nuestro, que es universal». Sus objetivos: poner en valor, celebrar y proteger la riqueza lingüística de la provincia, investigar sobre las raíces de sus modismos y transformarlos en motivo de orgullo y seña propia; al son de una banda sonora que fusionaba el electronic-dance con toques de flamenco-trap. No hay que extrañarse, por tanto, que luego algunas, en pleno trance, hablen de lenguas andaluzas...

Esta iniciativa parece alinearse con otras muchas de alcance regional que parecen ir destinadas a reforzar los lazos de pertenencia a una cultura común, el orgullo de ser andaluces, si bien el carácter abierto de esta tierra le ha otorgado un marchamo mestizo y multicultural que es precisamente su mayor patrimonio; y la definición más atinada de éste es la que lo considera una cuestión de valor. Un pueblo entiende como tal aquello que atesora por considerar que lo representa, y sospecho que los cordobeses (del norte o del sur, con acentos y localismos tan distintos, derivados de su propia dinámica secular) no tienen el menor problema con su forma -o formas- de hablar. Al contrario, son muchos los que lucen con orgullo por el mundo los ecos propios de su voz, su comarca y su historia, incluidos los matices diferenciales que los caracterizan. Y es que el acento de verdad, ése que trasciende a las personas y al tiempo, nace de lo más profundo del pueblo, y el pueblo nunca ha tenido problemas en expresarse con libertad, el menos en lo que se refiere a sus modismos. Ha sido una de sus escasas prerrogativas.

*Catedrático de Arqueología de la Universidad de Córdoba

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