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Opinión | Calma aparente

Detalles sin importancia

No existen los pequeños detalles sin importancia. Los detalles importan siempre. Pero tenerlos todos en cuenta supone un esfuerzo extra, por eso es fácil caer en el autoengaño, por eso marcan la diferencia. En un restaurante, por ejemplo, podría decirse que los baños no son fundamentales; sin embargo, como lo normal es limitarse al aprobado en cuanto a la intimidad de los comensales, el que le presta atención destaca. Son tres los escenarios posibles: un baño sin jabón ni papel de manos, que es lo menos habitual; con jabón pero sin papel de manos, que es lo más frecuente, y con jabón y papel de manos, que es la hostia. Lo más común, como digo, es que haya jabón pero no papel, lo que no significa que no haya dispensador, puesto que suele haberlo; es decir, se intenta transmitir la idea de que se han tenido en cuenta todos los detalles, pero que, casualmente, el papel se ha agotado justo antes de que uno entre, como si diferenciar la casualidad de la desidia no fuese fácil. Al final, no queda otra que recurrir al papel higiénico, que se deshace y es incomodísimo, o agitar las manos y empaparse después el pantalón, que implica aceptar manchas temporales. También los hay que no se lavan las manos, pero ese es otro tema, al igual que los secamanos eléctricos, que normalmente solo son un conato de chiste.

Llevábamos mucho tiempo recordándonos las ganas que teníamos de ir al restaurante Regadera, tanto que pensaba que no iríamos jamás, pero, por suerte, me equivoqué. Fijamos un día y mi amigo Pedro reservó para cuatro, menores aparte, la mesa más escondida del local, la mejor: su redondez facilita la conversación, y el falso reservado garantiza intimidad. Allí ofrecen clásicos que nunca fallan, como el puntalette o la mazamorra, y renuevan la carta cada cierto tiempo, lo que garantiza sorpresas como el tartar de atún rojo Fuentes con gazpachuelo frío de algas y salicornia o el lomo de bacalao frito en caldo de puchero. Nos atendió Patri, una camarera amable pero sin exceso de azúcar, elegante; le pedimos una copa de tinto para subrayar nuestra euforia y, gracias a su recomendación (tinto Barahonda Organic), descubrimos que Yecla, además de buena literatura, produce buen vino. Antes de irnos, después del postre, el café y la copa (¡aúpa!), fui al baño y, casualmente, comprobé que había jabón y papel de manos. Las casualidades, a veces, no lo son tanto.

La baja de paternidad reinventa los domingos. Al trabajar por turnos, de vez en cuando libro los lunes; ahora, en cambio, libro siempre. Llámenlo pequeño detalle sin importancia.

*Escritor

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