Opinión | Memoria del futuro
Tragedia para la esperanza
Desde los años treinta del pasado siglo hasta hoy, solo George Bush Jr. se había situado en un modesto índice de aprobación del 38% en el segundo año de su segundo mandato. Ahora Donald Trump lo ha igualado según la media de valoración de los índices Ballotpedia, The Economist y Reuters/Ipsos. Casualmente, justo en este momento, un nuevo intento de magnicidio, según parece, viene a desviar la atención hacia el aspecto humano y posiblemente a generar cierta sensación de compasión o solidaridad en relación con su persona. Apenas 24 horas después, el presidente ha recuperado el discurso de la polarización para acusar a los demócratas y a la prensa de incitar a la violencia política contra él. Es tan evidente la estrategia de dar la vuelta a su propio discurso de odio que no merece la pena comentarlo más. Solo apunto que, una vez más, una pésima gestión de los servicios de seguridad permite situaciones de extraños atentados de los que obtiene réditos un presidente en apuros.
No era mi intención escribir sobre ello, pero los acontecimientos desbordaron mi argumento inicial. En realidad, la situación viene enmarcada por algo que apunté en mi artículo del mes pasado: los hechos están dejando desnuda a la ultraderecha. Convertirse en el ariete del votante cabreado le ha servido para ascender hasta ser una fuerza política de considerable peso. Sin asumir responsabilidades de gobierno, les ha sido fácil atacar a lo que ellos llaman las élites, la burocracia de Bruselas, el progresismo woke, la inmigración e incluso añorar las dictaduras fascistas del pasado. Sin embargo, una vez que han ocupado el poder en Estados Unidos, Argentina, hasta hace poco Hungría, o se han expuesto como aliados de Trump, Putin o Netanyahu, sus políticas han creado más graves problemas que ofrecido soluciones a los males que ellos denunciaban. Empeoran la situación económica global, incrementan el malestar social y, especialmente, han logrado poner patas arriba la seguridad internacional, generando caos y destrucción allá donde han puesto sus zarpas.
Estos excesos que está cometiendo la ultraderecha con sus políticas avaladas por la avaricia del tecnofeudalismo han zarandeado todo el orden global y paulatinamente están llevando desde lo global a lo personal las nefastas consecuencias de sus ataques a la libertad, a la democracia, al derecho internacional, a la propia economía mundial e individual. El ruido, el tropel, el desaforado griterío de sus insultos y palabrerías, que cautivaron a un electorado enfadado con el sistema vigente, empieza a hacer aguas. Una cosa es insultar y gritar y otra bien distinta gestionar los problemas de las personas. De nuevo, la historia pone de manifiesto que no hay soluciones mágicas y que los charlatanes de feria no solo no resuelven las crisis que el propio sistema creó, sino que las agravan.
Por todo ello, creo que se abre un espacio para la esperanza. Si durante estos años la ultraderecha se ha empleado a fondo en incrementar el miedo en la sociedad, ahora ésta empieza a darse cuenta de que son los populistas de ultraderecha quienes dan miedo. ¿Quién amenaza con destruir de raíz una civilización milenaria? ¿Quién lanza a las fuerzas antiinmigración contra aquellos que pocos meses antes le votaron? ¿Quién está provocando cada día el miedo a una tercera guerra mundial? ¿Quién nos coloca cerca de la catástrofe que dijo venir a resolver? Todas estas preguntas tienen una respuesta: Trump y lo que representa. Trump y todos los líderes que le apoyan. Trump y todos los falsos patriotas. ¿Quién está detrás de los fondos buitre que copan el mercado de la vivienda? ¿Quién se opone a ayudar a los inquilinos frente a los abusos de los multipropietarios? ¿Quién está destruyendo realmente la economía personal con la subida del petróleo?
La respuesta a todas estas preguntas abre la esperanza a un cambio de paradigma, por eso los líderes de la ultraderecha en Europa tratan ahora de disimular y cambian el discurso. El ejemplo más significativo es el de Meloni, que rápidamente ha empezado a desvincularse de Trump, o el delfín de Marine Le Pen, Jordan Bardella, que ha criticado la guerra errática en Irán, o nuestro Abascal, que guarda un silencio atronador para no mostrar su fidelidad a esas políticas de terror y muerte global. Es cierto que el control que mantienen sobre una parte importante de los medios de comunicación les permite conservar sus opciones electorales, pero son tan grandes los daños que están cometiendo que la manta informativa ya no da para tapar tan graves errores.
Es el momento de dejar claro que la mala situación personal que atravesaron miles de personas desde la crisis de 2008 nunca debió ser excusa para votar a unas propuestas autoritarias de las que veníamos advirtiendo que solo podían crear a no muy largo plazo más daño y más dolor. Ese sector de las clases populares que consideró que la mejor manera de acabar con sus males era votar a la ultraderecha ha contribuido a crear un mundo mucho peor; por eso tiene una responsabilidad directa en la situación. Quienes pensaron que la inmigración, el feminismo o las políticas ambientales eran la causa de sus males y que los partidos que las defendían debían ser sustituidos por un líder autoritario, no son víctimas del sistema democrático, antes bien, están siendo artífices de la destrucción que amenaza nuestras vidas y el orden mundial.
La oportunidad y la esperanza de la democracia es tener la capacidad de demostrarles que, por supuesto, que tienen derecho a equivocarse, que el voto es propiedad de cada ciudadano, pero que los hechos tienen consecuencias y tienen responsables. Ha llegado el momento de cambiar en las urnas el discurso falaz de unas ultraderechas que solo han traído más terror, más peligro y más muerte y dolor. El mundo es infinitamente peor que hace veinte años. Sin temor a equivocarme, afirmo que es claro que ello ha sido por el ascenso de la ultraderecha global, que no ha solucionado ni uno solo de los retos de la humanidad y que ha inoculado el virus del odio y la polarización hasta en las charlas de café o en las comidas con amigos y familia.
Ahora bien, también hay que dar respuestas. Pienso en cuestiones sencillas que de verdad preocupan, como la crisis de la vivienda que requiere, más que ampulosos discursos, unas políticas que actúen contra los fondos internacionales, nada patriotas, que están devorando nuestras ciudades. Requiere la denuncia de quienes les apoyan, pero también medidas concretas para facilitar el acceso a la vivienda. Quienes atacan la sanidad pública no merecen el voto de unos ciudadanos que jamás van a poder recibir atención médica de calidad por una mensualidad de un seguro privado de treinta o cuarenta euros al mes. Jamás van a recibir de una compañía médica privada un tratamiento de cierta duración contra un cáncer.
El voto no es una cuestión baladí. La ultraderecha trata de ridiculizar la democracia y al mismo tiempo aprovecharse de ella porque conoce que cada voto es o un paso a la destrucción o un paso a la esperanza. Es hora de tomar conciencia y señalar a todos los que con su voto han permitido la guerra de Irán o la muerte y destrucción en Gaza o en el Líbano. Todos los que votan esa opción que representa Trump y todos los partidos que lo apoyan, votan no contra los políticos corruptos o contra los males que les aquejan, votan a favor de la destrucción y la muerte y se disparan en su pie y en el de los demás.
¿Por qué dicen muchos que da igual a quién se vote, que todos son iguales? Porque ese es el discurso de quienes quieren tener el poder para ellos solos. No da igual quien ejerza el poder. Ya hemos visto como en apenas un año, desde el poder, Trump ha cambiado el curso de la historia y también el curso de nuestras vidas. Entonces ¿merece o no merece la pena tener el poder? ¿Es lo mismo que lo ejerza un partido que fomenta el odio que otro que defiende a la mayoría? ¿Da igual quién vota por la guerra que quién defiende la paz? No es lo mismo votar a la muerte que votar a la vida. Es hora de defender la democracia.
*Catedrático de la Universidad de Córdoba
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