Opinión | Tribuna abierta
El prestigio del no
«Quien quisiera alegrarse del mundo se encuentra ahora ante una misión imposible», escribía a finales del siglo XX la poeta Wisława Szymborska. Y añadía: «la estupidez no es graciosa, la sabiduría no es alegre». Y aún, unos versos más abajo, una pregunta urgente: «¿Cómo vivir?».
Lo escribía hace décadas, el poema se titula El ocaso del siglo, pero podría ser perfectamente hoy por la mañana, mientras miras las noticias con el café en la mano.
¿Se puede mirar el mundo con claridad y, aun así, no volverse contra él? ¿Es compatible la inteligencia con el optimismo?
Hay una asociación bastante extendida entre la mirada crítica negativa y el nivel intelectual. Como si detectar defectos fuera una prueba de lucidez, mientras que reconocer virtudes fuera una forma de ingenuidad.
Una conversación cotidiana, una sobremesa, por ejemplo: alguien dice que una película le ha gustado. Entonces hay que contar los segundos que pasan antes de que aparezca -siempre aparece- la persona que lo rebajará. Casi siempre es la misma y casi siempre lo rebaja todo. La fórmula más clásica para desarmar el comentario es un simple «no es para tanto». Quien la dispara, además, busca automáticamente situarse en una posición de ventaja. No necesariamente tiene más razón. Pero parece que tenga más criterio. ¿Qué lo provoca? Hay una superioridad cómoda en no dejarse convencer por nada. Se mantiene una distancia que no implica ni expone. Un «no» no corre el riesgo de equivocarse.
Suele ser la misma persona que nunca tiene un sí de entrada, siempre tiene que pensárselo, siempre tiene un pie en el no, necesita hacerse valer. Un sí de entrada te devalúa por entusiasta.
Dada la situación actual de las cosas -mal, todo mal-, prefiero a quien sabe encontrar lo bueno. Me parece un estadio superior. Una mirada más completa. Este se moja, asume cierto riesgo, incluso deja entrever que algo le ha afectado. Alguien que no se rinde al cinismo. Quizá hemos confundido el espíritu crítico con la negación.
Unos versos más abajo, Szymborska añade que «la esperanza ya no es esa muchacha joven, etcétera». Hace tiempo de eso, ya. Pero está. Se ha vuelto más discreta, más tenaz. Y, sobre todo, más necesaria. Es el arma secreta del optimista que no se rinde solo a las objeciones; una forma exigente de inteligencia.
*Periodista
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