Opinión | Cielo abierto
Ni el Día del Trabajo
Ni el Día del Trabajo descansa el escritor. Pienso ahora en esa frase del gran Scott Fitzgerald: «En lo único que creo es en el trabajo honrado y en los castigos por no realizarlo». Quien ha tocado el cielo y ha respirado en él, conoce la templanza de la tierra, la moldura del barro, hasta donde te cubre los tobillos, la cintura, todo el pecho, los codos, una vez que te sientas a escribir. Fajarte, estar ahí. Trabajar dignifica, pero nunca ha estado menos dignificado el trabajo en España. Jamás se han visto unos sindicatos no ya tan alineados con el Gobierno, que también, sino que forman parte de su propia textura, su mensaje. Es decir: los sindicatos, en cuanto a su función de contrapoder, no trabajan. Me imagino que para recibir las subvenciones pertinentes, siguen vivos y coleando. Porque se haga lo que se haga contra los intereses de los trabajadores, estos sindicatos cargarán contra la oposición. Pero así vivimos, en esta ficción habitual, de folletín francés, en la que el presidente, y todos sus acólitos, sus seguidores, sus fieles, continúan haciéndole la oposición a la oposición. Y lo más curioso es que todo se hace con literatura -mala, de baja estofa, ramplona, que convierte los textos propagandísticos de Goebbels en Shakespeare-, porque el ser humano sigue necesitando que le cuenten una historia para poder creerla. Un ejemplo: aquí estamos aún en la épica del 36 en el bando vencido, para querer ganar la guerra que se perdió. Y al final se ha ganado la reelaboración del presente.
Aquí no existen los años de plomo de ETA durante los 90 ni la ponencia Oldartzen, aquí no existen los cien asesinados por el terrorismo vasco en 1980, ni durante la transición; por no existir, ni siquiera existen ya los 46 muertos del accidente de Adamuz, mientras hoy Óscar Puente tuitea, refiriéndose a Feijoo, «Qué asco da este ser. Es lo peor que le ha pasado a la política española en casi 50 años de democracia». Lo peor es esto: con qué impunidad moral debes sentirte para poder escribir así de un adversario político, que representa a la otra mitad, o a la otra fracción social, teniendo sobre tu periodo ministerial 46 muertes. Lo haces, claro, porque te sabes dueño de una narrativa, con sello propio, en la que siempre gana el que insulta más veces. Son palabras duras: asco, por ejemplo. Y se emplea así, por escrito, como si no existiera el mañana. Las palabras son pasos hacia otras realidades, que deben evitarse. Bildu lo sabe bien, porque viene de ahí: a los policías nacionales, a los guardias civiles, los llamaban txakurras, perros en euskera. No caigamos en eso. Aquí la narrativa que hay que construir es el trabajo honrado, y también dirigir honradamente un país.
*Escritor
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