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Opinión | Tormenta de verano

El pulso de la dignidad

El trabajo no es solo un medio para obtener el pan, en su esencia es el rastro de la existencia humana sobre el mundo. El hombre es lo que hace, afirmaba Hegel. A través de la acción transformadora, el individuo no solo modifica su entorno, sino que se construye a sí mismo. Hoy, la pregunta es si el trabajo sigue siendo un espacio de realización o si se ha convertido en una nueva forma de servidumbre tecnológica. Hannah Arendt, en La condición humana, alerta del peligro de la modernidad de convertirnos en una sociedad de «laborantes», donde el esfuerzo solo sirve para consumir y la deshumanización es el gran fantasma. Hoy, la alienación no ocurre solo en la fábrica, sino frente a una pantalla que mide la productividad en milisegundos, ignorando la psique de quien opera detrás. Ya no basta con luchar por la jornada de ocho horas, la batalla actual se libra en el terreno de la desconexión digital y la soberanía del tiempo. La libertad hoy es el derecho a no ser rastreado por una Inteligencia Artificial durante la jornada laboral. Los sindicatos del siglo XXI han dejado de ser exclusivamente industriales para convertirse en defensores de los «nómadas digitales» y los trabajadores de plataformas, exigiendo que la flexibilidad no sea un sinónimo de precariedad. Las reivindicaciones del Día Internacional del Trabajo convergen en tres ejes: la renta básica universal frente a la automatización, exigiendo que la ganancia de productividad generada por las máquinas financie la seguridad social de los humanos desplazados. La reducción de la jornada laboral que permita la conciliación familiar, al grito de «no vivimos para trabajar, trabajamos para vivir», recordando las palabras de Bertrand Russell en su Elogio de la ociosidad. Junto al derecho a una vivienda digna y un salario justo, ya que los nuevos pobres son asalariados.

El filósofo Albert Camus escribió que «sin trabajo, toda vida se pudre, pero cuando el trabajo es sin alma, la vida se ahoga». El desafío de 2026 no es la desaparición del empleo, sino el rescate de su alma. En el siglo XXI, el amo y el esclavo se han fusionado en una sola persona. Según el filósofo Byung-Chul Han, ya no necesitamos látigos externos porque hemos internalizado la explotación, la sociedad del rendimiento y el paradigma de la positividad: «Yes, we can». A simple vista, el «poder hacer» parece un grito de libertad. Sin embargo, Han nos advierte que esta libertad es paradójica. Al no haber un jefe que nos obligue, nos convertimos en nuestros propios capataces. El individuo contemporáneo se explota a sí mismo voluntariamente, bajo la ilusión de que está alcanzando la autorrealización. Es lo que denomina la autoexplotación, eficiente al venir acompañada de un sentimiento de libertad: el nuevo esclavo no es alguien encadenado a una máquina, sino alguien encadenado a su propio ego y a su productividad. En la era digital, el trabajo no tiene fin ni lugar físico; el smartphone es la cadena invisible que nos mantiene en una vigilancia constante. Esta autoexigencia destructiva nace de la presión por ser «especiales» y rendir al máximo en todas las facetas: trabajo, gimnasio, redes sociales y vida personal. Y cuando el individuo fracasa en esta búsqueda de perfección absoluta, no culpa al sistema, sino que se culpa a sí mismo: el resultado es una epidemia de enfermedades psíquicas como la depresión, la ansiedad y el síndrome de burnout. Este 1° de mayo deja claro que la sociedad no aceptará un progreso tecnológico que no sea, ante todo, un progreso humano.

*Abogado y mediador

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