Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | La vida por escrito

Hablar por hablar

En la cultura contemporánea, saturada de estímulos y relatos que glorifican lo extraordinario, hemos acabado por despreciar lo cotidiano. Nos convencemos de que solo merecen la pena las conversaciones brillantes. Lo demás, eso que llamamos conversaciones de ascensor, queda relegado a la categoría de lo prescindible. Pero esa intuición tan arraigada empieza a resquebrajarse.

Un estudio reciente liderado por la investigadora social Elizabeth Trinh, de la Universidad de Michigan, en colaboración con otros investigadores, lanza una conclusión incómoda: no solo evitamos las conversaciones aburridas por pereza, sino por un continuo error de cálculo. Antes de hablar, creemos que nos interesarán poco; después, reconocemos que las hemos disfrutado más de lo previsto.

La investigación, basada en nueve experimentos con cerca de 1.800 participantes, confirma un patrón sorprendentemente robusto. A los participantes se les pedía que valoraran distintos temas (deporte, cine, redes sociales, inteligencia artificial, viajes o ropa) y, posteriormente, mantenían conversaciones breves sobre ellos. En algunos casos, uno de los interlocutores encontraba el tema interesante y el otro no; en otros, ambos lo consideraban aburrido. El resultado se repetía con insistencia: quienes anticipaban una charla mediocre acababan encontrándola más agradable, e incluso se mostraban dispuestos a repetirla.

Ni siquiera las hipótesis más intuitivas lograron desmontar el efecto. No era solo que una de las partes salvara la conversación con entusiasmo: incluso cuando ambos participantes partían de expectativas bajas, la experiencia mejoraba. Tampoco se debía a que desviaran el tema hacia algo más atractivo, porque el fenómeno persistía incluso si se les obligaba a ceñirse estrictamente al asunto asignado. Y daba igual si hablaban con amigos o con desconocidos. La expectativa fallaba siempre en la misma dirección: subestimar.

Curiosamente, cuando los participantes se limitaban a observar conversaciones ajenas en vídeo sobre temas que consideraban tediosos, su juicio coincidía con sus expectativas: les resultaban aburridas. Es decir, lo que falla no es tanto la valoración del tema, sino la incapacidad de anticipar lo que ocurre cuando uno participa activamente.

Ahí está la clave. Tendemos a evaluar las conversaciones por sus elementos estáticos, especialmente el tema, porque es lo único que podemos juzgar de antemano. Pero lo que realmente determina la experiencia es dinámico: la interacción, la escucha, la respuesta, el pequeño vaivén emocional que se produce al compartir tiempo con otro. Esa dimensión no se puede prever, solo vivir. Y, sin embargo, es la que convierte una charla trivial en algo inesperadamente gratificante.

Las implicaciones van más allá de una simple anécdota. Si nuestras expectativas guían nuestras decisiones, estamos rechazando oportunidades de conexión basándonos en un prejuicio. Dejamos pasar encuentros que podrían ofrecernos más de lo que imaginamos. Porque, aunque no lo parezca, incluso la conversación más anodina cumple funciones esenciales. Reduce la sensación de aislamiento, activa procesos cognitivos como la atención y la memoria, y entrena habilidades básicas como la paciencia o la escucha. Además, muchas relaciones no nacen de conversaciones memorables, sino de intercambios repetidos y aparentemente insignificantes que, con el tiempo, construyen confianza.

Ahora que la soledad se perfila como uno de los grandes desafíos sociales, este hallazgo debería hacernos reconsiderar nuestras prioridades. Quizá no necesitamos más conversaciones extraordinarias, sino menos prejuicios sobre las ordinarias. Al fin y al cabo, hablar con otros no vale tanto por el tema como por el simple hecho de hacerlo.

*Profesor de la UCO

TEMAS

Tracking Pixel Contents