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Opinión | Caligrafía

Pedir y pagar

No se preocupen si ven algún local vacío o un negocio que echa el cierre. Calma. En breve tendrán disponible una clínica dental, una franquicia de bollería hiperespecializada, un gimnasio grande o pequeño, una tienda de ropa de caballero que clona el modelo de Silbon por duodécima vez, pero con los telómeros cada vez más cortos (la clonación es así); una barbería clásica y moderna y una carcasería de móviles, con o sin taller. Vaya por delante que el problema no es de los trabajadores. Uno ofrece lo que sabe hacer y si hay demanda abre su negocio, y le va bien o no, y todo lo anterior hace falta en algún momento y hay que saber hacerlo. Es verdad que una camisa carísima aguanta un lavado corto, así que la gente de los anuncios, tan guapa, o no lava la ropa o no suda o no se mueve o estrena una camisa al día. Pero hay que vender la camisa. El asunto es que los negocios permiten hacer cosas, y la repetición de los mismos concreta las cosas en cuatro o cinco actividades, si se fijan íntimamente ligadas. La libertad va quedando en hacer comunidad a las tantas, con talleres de arte o artesanía. Todo lo demás lo controla el comercio, o en este caso el no comercio: con cada tipo de negocio cerrado puede hacerse una cosa menos, hasta que todo sea un ciclo infinito de quemar las calorías del bollo para entrar en los pantalones. ¡Pues abro una librería! Pues ábrala, para llorar, porque hay negocios en los que la gente está entrando a hacerse fotos, sin gastar, y el dinero se queda en los otros. O sea: sitios de producción y sitios escenario. Nos dan lo que pedimos, sencillamente. O lo que pedimos, no seamos hipócritas, y pagamos.

*Abogado

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