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Opinión | El alegato

«Homo homini lupus»

No dejo de preguntarme cómo nuestros padres y abuelos superaban todas esas conductas empresariales que hoy se califican como presunto acoso o mobbing laboral y que tienen a media España trabajadora de baja por depresión y a las empresas al borde del cierre por falta de personal.

No sé tampoco responderme cómo era que los de mi edad, los boomers -los culpables de dejar vacía la caja de pensiones, dicen -, pudimos superar el acoso escolar o bullying de nuestros compañeros y el maltrato físico y verbal de nuestros profesores, que no te sacaban de burro o zoquete en el mismo momento en que equivocabas una raíz cuadrada o un tiempo verbal.

Tampoco me resulta fácil encontrar respuesta a la pregunta de cómo las que fueron madres de esos boomers, -sufridas amas de casa en su mayoría, dedicadas a tenor de la indiscreción y machismo de sus carnets de identidad a «sus labores», entre las que parece ser estaba parir niños, cuantos más mejor, a fin de hacerse acreedoras del Premio Nacional de Natalidad-, lograron superar sus crisis matrimoniales, entre mocos, sarampiones, tosferinas y friegas con lilimento Sloan «del tío del bigote».

En el decálogo educativo de mi colegio estaba terminantemente prohibido llorar en público. Una futura madre y esposa debía aprender a reprimir sus emociones y procurar que en ningún caso sus cansancios y temores se reflejasen en su rostro. ¿Cómo íbamos a dar el apoyo necesario a nuestro marido cuando regresase del trabajo si no nos cargábamos de fortaleza y agrado? ¿Cómo íbamos a ser ejemplo para nuestros hijos si cualquier problema nos hacía perder la compostura?

No teníamos psicólogos ni psiquiatras que emitiesen partes de baja médica a los trabajadores a la primera reprimenda del encargado, ni que certificasen malos tratos en el ámbito familiar por casi todo.

Tampoco esos facultativos se permitían opinar sobre si el castigo físico o verbal infligido por el profesor a un niño era digno de denuncia por malos tratos.

Fueron unos años en los que vivimos en un total desamparo de nuestros derechos fundamentales desde un prisma actual, pero lo cierto y constatable es que no existían, ni por asomo, tantos problemas en adultos y en infantes de depresiones graves, autolesiones, adicciones y suicidios como en la actualidad se diagnostican.

Desde el más absoluto respeto a los profesionales de la salud mental, ante dichas evidencias me pregunto, ¿estamos abusando de diagnósticos clínicos a comportamientos que tal vez tendrían muchos de ellos solución aprendiendo a aceptar que vivimos en una sociedad competitiva; que el esfuerzo no es una opción si deseas un resultado y que el hombre es un lobo para el hombre?

*Experta en Derecho del Trabajo y Seguridad Social

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