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Opinión | El Desliz

Algo más que una medalla para Dolores Vázquez

Ilustración

Ilustración / Elisa Martínez

La ministra Ana Redondo entregó el lunes la Medalla a la Promoción de los Valores de Igualdad a Dolores Vázquez con motivo de la celebración del Día Internacional de la Visibilidad Lésbica. Esta ciudadana de 73 años fue víctima hace 26 de uno de los errores judiciales más garrafales que se recuerdan en España, perpetrado tras un linchamiento mediático brutal. Fue condenada por un jurado popular a 15 años y un día de cárcel por el asesinato de la joven de 19 años Rocío Wanninkhof, la hija de su expareja Alicia Hornos, que desapareció cerca de Mijas en 1999 y a quien se encontró apuñalada y su cadáver quemado. Vázquez pasó 17 meses encerrada antes de ser liberada, cuando el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ordenó repetir el juicio, al constatar que su sentencia carecía de solidez y no se habían aportado pruebas fehacientes en su contra. No hizo falta que volviera al banquillo, pues en 2003 indicios hallados en la escena de otra muerte violenta, la de la chica de 17 años Sonia Carabantes, asociaron ambos crímenes y apuntaron al verdadero autor, el ciudadano británico Tony King. Exonerada totalmente, Dolores Vázquez se mudó a Inglaterra para escapar de la presión social y con posterioridad regresó a su Galicia natal, donde ahora reside.

“He perdonado, he aprendido a vivir y a querer”, dijo Vázquez el lunes. Si de algo ha servido el homenaje que le rindieron fue para traer de nuevo a la palestra, en el tiempo de nostalgia tóxica que atravesamos, la peor cara del país que fuimos no hace tanto. Con unos medios, en especial las televisiones, que encontraron a la villana perfecta en aquella lesbiana de gesto serio, profesional de situación desahogada, y la transformaron en la mujer fría, calculadora y agresiva que necesitaban. La desastrosa instrucción del caso compró ese perfil falso y la acusada fue castigada tras un juicio plagado de irregularidades donde se llegó a escuchar el testimonio de una vidente y de una psicóloga que describió su personalidad como “homosexual reprimida” y maltratadora. El propio fiscal la describió como “muy pusilánime y muy gallega” y realizó preguntas sobre si en la cama ejercía de hombre. A falta de indicios mejores, huellas dactilares o restos biológicos, ni tampoco de un móvil plausible fuera de los celos o la mala convivencia con Rocío, se le condenó por su aspecto y orientación sexual. Preguntado en el Congreso por la investigación de la Guardia Civil dejada en evidencia, el entonces ministro del Interior Ángel Acebes la justificó en el “perfil delincuencial” de Vázquez. Ni una palabra de que se asignara un bajo riesgo al verdadero asesino, criminal múltiple y agresor sexual buscado en su país de cuya presencia en Málaga alertó la policía británica.

Bien está la medalla de Igualdad de Dolores Vázquez, cuya intimidad se expuso con morbo para escarnio público. Pero nunca ha recibido una petición de perdón en condiciones del Estado que destruyó su reputación y torció su vida. Una disculpa de los estamentos concretos que le fallaron estrepitosamente, policiales y judiciales. Justicia le ofreció 120.000 euros, indemnización que ella rechazó por insuficiente, y ahora sobrevive con una pensión mínima porque no pudo cotizar los años necesarios. A lo mejor el Gobierno le tiene que dar un par de vueltas a eso. Seguro que los causantes de su desdicha disfrutan de sus opíparas jubilaciones calculadas en el tope máximo legal.

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