Opinión | Paso a paso
Izquierda huérfana
Hay palabras que sobreviven a sus profanadores como ciertas imágenes de santos en capillas abandonadas: cubiertas de polvo, astilladas por la incuria, pero todavía capaces de convocar una reverencia. Socialdemocracia es una de ellas. La han manoseado burócratas del eslogan y mercaderes de la indignación; pero bajo esa costra late una verdad humilde: que una sociedad civilizada no puede abandonar al hombre común.
No fue, en su hora más noble, una redención revolucionaria, con sus hogueras y catecismos de odio; ni una rendición ante el mercado, esa divinidad que llama libertad al privilegio del fuerte y mérito a la orfandad del débil. Fue algo más sencillo y más alto: la traducción política de una antigua piedad. La certeza de que el jornalero que envejece, la viuda que cuenta monedas como quien desgrana un rosario, el joven condenado a alquilar su porvenir, no son residuos, sino criaturas con dignidad.
España parece hoy entregada al espectáculo de sus propias vísceras. La derecha corre el riesgo de convertir la patria en una finca alambrada. Y cierta izquierda, envanecida por su superioridad litúrgica, ha cambiado al trabajador real por abstracciones, al pueblo por una clientela, la justicia por una retórica de facción. Donde antes había sindicatos y maestros, hoy proliferan consignas y una jerga que no reconoce el olor de un taller ni el cansancio de una espalda.
Por eso urge recuperar la socialdemocracia: no como nostalgia ni como coartada para administrar pesebres, sino como moral pública. Una socialdemocracia que vuelva a hablar de salario, vivienda, escuela exigente, sanidad común, pensiones decentes, ascensor social y deberes compartidos. Que no tema pronunciar la palabra nación, porque sin comunidad no hay justicia; ni hablar de mérito, porque sin esfuerzo la igualdad se pudre.
Decía Péguy que «todo comienza en mística y termina en política». La tragedia de nuestra izquierda es que ha perdido la mística y se ha quedado con la fontanería del poder. Aristóteles recordaba que la ciudad no existe sólo para vivir, sino para vivir bien. Pero vivir bien exige algo más que consumir y aborrecer al adversario como si fuese un demonio doméstico. Exige un suelo moral donde el pobre no sea usado como coartada y el discrepante no sea convertido en hereje.
La socialdemocracia que necesitamos no ha de ser vociferante, sino adulta; no sectaria, sino vertebradora; no ha de venir a incendiar España, sino a coserla por sus costuras rotas. Tendrá que salir de los despachos y volver al mercado, al ambulatorio, al instituto, al pequeño comercio, al campo, donde la vida se padece y se sostiene.
Porque un país no se salva multiplicando enemigos, sino evitando que sus hijos vivan como vencidos. Acaso esa sea todavía la misión más noble de una izquierda digna de tal nombre: no repartir indulgencias desde el poder, sino impedir que el hombre común sea arrojado otra vez a la cuneta de la historia.
*Mediador y escritor
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