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Opinión | Cosas

Seguridad integral

Hoy se acumula el trabajo, pues hablamos de una efemérides con muchas aristas. Por mi profesión, no puedo dejar de recordar que hoy es el Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo. Los prevencionistas no somos seres tristes, pero vocacionalmente tenemos una predisposición a la insatisfacción, pues el guarismo de cero accidentes se presenta generalmente como una quimera. El año pasado hubo en España 735 accidentes mortales, cifra que reduce en más de un 40% las contabilizadas en 2006, que ascendieron a 1260. No ha sido una reducción lineal y progresiva, pues desde 2013 hemos conocido un efecto rebote, poblado por dientes de sierra, con esos mínimos de 555 en 2012 y 489 en 2019, y el sonrojante repunte de 2022, alcanzando los 864 fallecidos.

La prevención nunca puede quedarse en este vértice crítico, sino que se afana en percutir sobre su base. En nuestro campo ya se hablaba hace unos años de salud mental como un factor de riesgo concomitante a la propia integridad del trabajador. Sondeamos los riesgos emergentes, en una labor al tiempo inquisitiva y de humanización de las condiciones de trabajo, con la firme convicción de que son totalmente porosas las lindes entre lo laboral y lo personal. Lo hallamos en la pandemia, con toda esa munición de planes de contingencia de la que se dotaron las organizaciones, adaptable a unas circunstancias tan terribles y cambiantes.

Tuvimos que malear la respuesta de las empresas a raíz de la dramática dana de Valencia, apuntalando la incidencia de los fenómenos meteorológicos adversos no solo sobre el quehacer de los trabajadores, sino también en cuanto a sus trayectos de ida y regreso, ese quebradizo cordón umbilical entre la casa y el trabajo. De hecho, los prevencionistas casi nos hemos convertido en hombres del tiempo, columbrando los avisos naranjas y rojos de la Aemet para combatir un posible golpe de calor.

Resulta curioso que hace un año celebramos esta fecha con el gran apagón. La seguridad en el trabajo no puede ser ajena a aquel delirio de autocomplacencia que provocó a una reventa de transistores y camping gas; a un colapso de este imperio de la digitalización que nos llevó durante larguísimas horas a empatizar con los monjes amanuenses; y un quebranto de las fuentes de comunicación tanto internas como externas y su resuello sobre infraestructuras críticas, con la consiguiente tentación de recuperar el morse o las palomas mensajeras. Ese mix de fuentes energéticas ya no se henchía tanto en la pechera, un vocablo que recordaba más las cajas de alimento de las mascotas. De aquella concatenación de negligencias que, como Pirandello, se busca un autor, rezumó cierta condescendencia con las nucleares. El efecto rebote de aquella altanería llevó a empatizar con los combustibles fósiles, sueño quebrado por un pirómano que aún no se ha ensañado con las siete colinas de Roma -aunque León XIX está vigilante- pero que toca la lira en el estrecho de Ormuz. Hace cincuenta años estudiábamos las teorías malthusianas, la cifra de caducidad que le otorgábamos a las reservas petrolíferas. Hoy mantenemos nuestra adicción a los derivados del petróleo. Y las indulgencias que se reclaman a las centrales nucleares afrontan la penitencia de justo ahora 40 años, con todos los responsos radiactivos por Chernóbil. Esta central, hoy adueñada por la fauna salvaje, fue un tristísimo y heroico ejemplo de las magnitudes de un accidente de trabajo. El pragmatismo de la sostenibilidad pasa por una introspección de las energías limpias y por el aumento de los coeficientes de seguridad de las energías alternativas. Como recalca el legislador, la prevención es cosa de todos.

*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

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