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Opinión | Calma aparente

Estrategia primaveral

Los himnos populares son peligrosos. Si uno no tiene cuidado, y se deja llevar por la emoción, puede terminar pensando que se entrega al vino porque el mundo lo ha hecho así y que no puede cambiar. De esta manera, se corre el riesgo de ir a la Cata y acabar abatido por siete balazos de Montilla-Moriles con todo mayo todavía por delante. Por eso conviene, ante un mes tan apabullante, trazar un plan y mantener la calma, que tampoco es cuestión de tropezarse quinientas veces con la misma piedra. Además, la Cata y las Cruces son lo que son desde hace años, así que lo primero que cabe preguntarse es si a uno le apetece empezar la primavera haciendo botellón. A mí, por ejemplo, me gusta más el fino en una taberna, y las Cruces se me antojan un campo de batalla, una oda a la meada entre contenedores y al vaso de cartón. ¿Significa esto que permaneceré alejado de las fiestas? Por supuesto que no. Hace años aprendí que manifestar algo con rotundidad es lo mismo que escupir al cielo, una estupidez.

Así las cosas, se inauguró la Cata y me hice el sueco. Empecé el maratón de fiestas con una caminata mañanera. Algo nostálgico, me fui en busca de un paseo que fue habitual hace años, y terminé en la calle Deanes, tan combada y resbaladiza como siempre. Allí se mezclan carretillas y maletas con ruedines, turistas que disparan con sus Canon sin dejar de caminar y asistentes a congresos con sus acreditaciones coloridas. A pesar de las luces de neón y del Carrefour express, milagrosamente, mantiene su encanto. Observando a los guiris, me pregunté cuándo se convirtió el turismo en una actividad deportiva; observando los negocios, me sentí fuera de lugar. Aun así, una cafetería me animó a hacer un alto en el camino. Se llamaba Tueste, y era tan minúscula como acogedora (siempre reconfortan unas vigas de madera). Aunque ofrecían ‘flat white’ y extranjerismos por el estilo, pedí un café con leche y la camarera no me hizo preguntas. Con meritorio buen talante, además, soportó la cola multicultural que se formó allí en un momento, compuesta por un inglés con rosácea y chanclas de dedo, una pareja de franceses guapos y a la moda, un japonés estupefacto y una familia alemana colosal, como todas las familias alemanas. No sé si la camarera era la encargada de la buena música: sonaban Angus & Julia Stone. El café, tal y como le corresponde a un café de tres euros, estaba buenísimo, y el local, que hace esquina con la calle Romero, es un buen lugar para entretenerse contemplando Deanes.

Dejé el fino para otro día. Empieza la francachela primaveral.

*Escritor

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