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Opinión | Escenario

Comer en el mismo plato

Oí esta expresión por primera vez en el colegio. Una compañera dijo de otra: «¿Cuándo hemos comido las dos en el mismo plato?». No entendí muy bien lo que quiso decir y lo pregunté en casa. Así supe que comer en el mismo plato significa tener gran amistad o intimidad con alguien; una relación que va más allá de compartir la comida. Tengamos en cuenta que esto de que las familias normales y corrientes tengan y usen vajillas, cuberterías y cristalerías completas, es una costumbre relativamente reciente. Tales lujos estaban reservados a reyes, aristócratas y alta burguesía. El tenedor, que tiene su origen en el Imperio Bizantino, no comenzó a hacerse popular en Europa hasta el siglo XVIII. La cuchara -uno de los utensilios más antiguos- ha evolucionado a partir de conchas marinas, madera, hueso, asta de ciervo...

La mesa cristiana medieval -nada que ver con la del califato cordobés, enriquecida por el bagdadí Ziryab con cordobanes y esbeltas copas de cristal- carecía de cualquier lujo: ni manteles ni servilletas ni tenedores. Los comensales utilizaban sus propios cuchillos y usaban la misma cuchara por turnos. El máximo refinamiento consistía en poner escudillas de madera y cucharas para cada dos o tres personas. De ahí y no de otra parte viene lo de la confianza que se adquiere al comer en el mismo plato. Confianza y... todo lo demás. Los más distinguidos bebían en cubiletes de loza, estaño o, rara vez, de plata. Los demás, directamente del jarro; nunca con la boca llena o sin limpiarse los labios con el dorso de la mano. Algo es algo.

Al hablar de las tapas actuales, ¡cuántas veces habremos denostado de compartir de platos, especialmente los caldosos! Aquí siempre hemos defendido la idea de la tapa individual, por pequeña que sea, y ahora que el pistoletazo del mayo cordobés ya está dado, conviene reflexionar un poco sobre las tapas más adecuadas, según vayamos a comer de pie o sentados. Las mujeres lo tenemos especialmente difícil con los trajes de gitana: los volantes de la falda parecen diseñados para recoger lo que caiga desde arriba; los de las mangas, para arrastrar lo que haya sobre los mostradores y las mesas y los flecos de los mantones se sienten fatalmente atraídos por las salsas. Si comemos de pie, más difícil todavía: con una mano tomamos la copa, así que para comer sólo nos quedará libre la otra, por lo que no debemos pedir nada que tengamos que pelar, cortar o trocear. Así que ya saben: lo que se pueda coger con dos o tres dedos -un paso atrás- o pinchar. Y esto, contando con que nuestro acompañante se haga cargo del abanico de vez en cuando.

*Académica

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