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Opinión | Cielo abierto

Siempre el Día del Libro

Toma un libro y tendrás la piel de un hombre. Siente el tacto poroso de las hojas, acércate al tejido de luz y de palabras, y encontrarás la voz de una mujer. Lo que hemos sido y lo que seremos, la zozobra y también la confianza, lo que hemos soñado está en lo que escribimos. Es lo que he pensado al pie del Día del Libro, que es desde donde algunos levantamos la vida. Escribir un libro es eso: dar lo que tienes y también lo que no, y aceptar un sistema de renuncias que te llevará por delante. Lo que te falta y también lo que añoras, lo que una vez tuviste, eso que ya comprendes que no vas a tener, de alguna forma lo viertes, lo transformas, lo das a la escritura. La escritura te salva, te acompaña, pero también se lo lleva todo, se lo queda todo, y así tiene que ser. A la escritura te entregas a pecho descubierto, sin camisa y sin pantalones, te quedas descalzo, completamente en bolas cuando escribes, como Hemingway, que escribe desnudo a la luz de la luna habanera cuando todavía está en Finca Vigía. Hay que ser como Hemingway, pero pasado siempre por tu filtro. Pero a la escritura te tienes que dar de verdad, no es un territorio de cobardes, por eso no se fía de los domingueros. Ahí que estar ahí, hay que curtirse, hay que sudar, empapar bien la silla, que te duela la espalda, que se carguen los hombros, porque escribir es un cuerpo y alma en el que no te puedes reservar ni una brizna de lo que no enseñas.

Vamos escribiendo nuestro libro. Eso es lo que hacemos, es lo que vivimos, es lo que leemos. En un escritor, eso se mezcla, se amalgama. Pero puedes pasarte la vida sin escribir una historia, y estás configurando otra que sólo tú podrías terminar, que se sigue escribiendo con tu vida. La línea que dibujas de María Zambrano a Lorca, de Séneca hasta Homero. Eso lo escribes, lo vives y se une con tu respiración. Escribir es vivir, escribir es sentir. Pero hay que darlo todo, como escribí en mi libro ‘Las Ollerías: el idioma o la vida’.

En fin, que ha sido el Día del Libro y he vuelto a preguntarme qué sería de mis días sin los libros, sin mis poetas, mis gigantes. Cómo los quiero, cómo quiero a mis escritores, sus caídas y sus fulguraciones. Cómo sigo queriendo, siempre, a John Donne y a las campanas que doblarán por ti, cómo sigo queriendo a García Baena y Gimferrer, a Alfonsa de la Torre, a Scott Fitzgerald. Qué suerte tenerlos, qué suerte encontrarlos en la orilla del tiempo. Celebrar el libro es celebrarnos, porque la humanidad está en los libros que nos miran de frente y nos abrazan, más allá de todas las campanas, con una melodía que no se acabará, y un canto de palabras con la piel de titanio que nos saca a bailar y nos sigue salvando de la muerte.

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