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Opinión | LA VIDA POR ESCRITO

Desertar

Hablar de la eutanasia genera debate, es controvertido, pero es aceptado socialmente (y legalmente). Pronunciar la palabra «suicidio» hace sonar alarmas. Ambas son decisiones totalmente personales y libres, inviolables, que merecen respeto, pero comentar la posibilidad de desertar es tabú. La conversación se detiene en el punto crítico justo cuando el sujeto se estaba abriendo. Es pronunciar esa palabra o un derivado de ella y se levanta un muro con una malla de pinchos electrificada encima.

Recientemente, varios de los capítulos de la T2 de la serie The Pitt abordaban este tema de una manera tremendamente cuidadosa, medida y cercana. Nos ofrece la oportunidad de observar y aprender. Tras un «¿Y si no vuelvo?», un «No estoy seguro de si sigo queriendo estar aquí», hay todo un mundo oscuro y complejo.

Los motivos para querer desertar o autolesionarse son tremendamente personales, no tienen por qué ser entendibles ni compartidos. Forman parte de la intimidad más honda de la persona y, si deciden confesárnoslos, lo peor que podemos hacer es rechazarles o huir. Creedme: cuesta un mundo pronunciar esas palabras porque sabemos que vamos a ser juzgados aunque ¿quiénes son los demás para hacer valoraciones sobre nuestra única vida? Deberíamos ser respetados.

Hace apenas un par de semanas una amiga se suicidó. La entendí, la respeté. Supe que era su forma de encontrar paz después de toda una vida de sufrimiento y maltrato psicológico. Sin embargo, muchas personas juzgan, se sienten interpeladas personalmente o abandonadas. ¡Pero si no va de ellas! ¡Nuestra vida es lo único que verdaderamente tenemos! Los demás no pueden pretender que vivamos por ellos.

Cuando se convierte en un infierno irreversible existir, tenemos todo el derecho a desertar, como decía Virginia Woolf. Incluso a no despedirnos o dejar una nota. Nadie puede saber o comprender en su totalidad el verdadero calvario en el que puede convertirse seguir respirando o tener que despertarse una mañana más.

El suicidio, lejos de caer en el romanticismo literario de pegarse un tiro delante del espejo, merece respeto. Es un acto libre, consecuente, meditado. ¿Por qué no elegir cuando nuestra vida deja de ser aceptable, vivible? Es cuestión de dignidad. No podemos vivir sin ella. Y a veces la vida nos desposee de ella en todos los aspectos. Aprendamos a respetar a quienes desertan: es lo único que pueden elegir sobre sí mismos.

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