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Opinión | PUNTO Y COMA

La «h»

Es común, entre no especialistas, la idea de que la letra «h», como sucede con algunos políticos, no sirve para nada, en tanto en castellano aquella no se pronuncia. Ahora bien, únicamente para el caso de nuestra letra de hoy, no hay nada más lejos de la realidad.

En efecto, hay zonas dialectales de España en las que la «h» se corresponde con un sonido glotal aspirado, similar al de la «j». Así, del latín FAMINEM surgió el castellano «hambre», cuya «h» se mantiene aspirada en algunas zonas de Andalucía y en otros lugares de España y de América. Asimismo, la «h» se corresponde con una fricación velar, más o menos leve, en palabras de origen extranjero, como «hámster», «holding» o «hachís». Hay, además, otro origen de la «h» castellana: la «H» latina, de la que no se sabe con certeza que tuviera un sonido correspondiente. Aun así, en estos casos, la «h» cumple una función nada desdeñable: deshacer homonimias, como sucede en «a» (preposición), frente a «ha» (forma del verbo «haber»). Más allá de todo ello, existe un uso estético de esta letra. Así, en castellano no se admiten en posición inicial de palabra los diptongos crecientes («ie», «ia», «ue», «ua») ni los homogéneos («ui»), por lo que se les antepone una «h», como ocurre en «huevo» o «hueco», casos en los que la «h» no es etimológica. En fin, su nombre es «hache» y, para ser supuestamente muda, tiene mucho que decir.

En estos días, algunos comparecen ante los tribunales y otros prefieren guardar un aparente silencio, como esa «h» que, a simple vista, parece no sonar, pero cuya presencia resulta decisiva. La lengua y la realidad suelen ser complejas, pues, mientras hay letras que, aun sin voz aparente, sostienen el sentido, hay silencios que, lejos de ser inocentes, lo dicen todo.

*Lingüista

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