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Opinión | HOY

Yo, la abuela

Humildemente me presento: Soy la abuela, esa que no necesitas para descender a Andalucía y salvarnos, tú, la todopoderosa, la ínclita, la única, la sublime, la otra más de la inmensa lista de Bernardas Albas, matriarcas ancestrales que nos amamantan, que tanto nos cuidan y nos quieren… si nos portamos bien; o sea, si hacemos lo que tú mandas, ya que tú, que no tienes abuela que nos cuente cuentos, y naciste de las espumas, tan versátiles, del Ponto, todo lo sacrificas por salvarnos y contarnos cuentos de la abuela, para redimirnos de nuestra ancestral miseria, de nuestra ancestral basura, aquí, tus andalucitos, tan incultos siempre, tan despreciables; siempre tan catetos con este habla, esta pringue, esta vagancia, derrengados bajo un olivo, braseando morcillas y oliendo a ajo. ¡Qué suerte que tú no tengas abuela!, porque así no tienes que gastar tu egregia energía en ir a visitar residencias de ancianos o de Tercera Edad, hasta el extremo de tu sacrificio absoluto, de dejar el Olimpo, cerrar tu Jardín de las Hespérides y no comer las manzanas de oro de la inmortalidad, para adoptar la forma de águila imperial y bajar de los cielos, y adquirir el aspecto de los aquí zafios andaluces, ¡oh diosa!, «¡oh reina de las aves escogida!» (Samaniego), «¡oh soberana y alta señora!» (Cervantes), «¡oh más dura que mármol a mis quejas y al encendido fuego en que me quemo más helada que nieve, Galatea» (Garcilaso), Ceres, Minerva, Palas Atenea, reina emperifollada de Tartessos, como las madres terribles de nuestro Lorca, y que Alberti convirtió en adefesio, y Galdós en doña Perfecta. Como ves, has sido exaltada a lo largo de siglos de nuestra literatura. Pues aquí te recibimos, madre amada de todas las advocaciones matriarcales andaluzas, postrados de rodillas ante ti, abrumados por tanto y tanto que debemos agradecerte. ¡Qué sería de Andalucía sin tu patrocinio, sin tu mano matriarcal que vela por nosotros y viene, ¡por fin!, a arreglarnos todos los problemas, a volvernos cultos, sanos, progresistas, ricos, ¡inmensamente ricos!, y, sobre todo, felices, sin más problemas de cultura, transportes, escuelas, hospitales, colas. ¡Loor a ti, diosa enviada de Zeus tonante! ¡Afrodita insuperable! ¡Venus evanescente! ¡Salud, matrona romana, engalanada siempre de mirto, evónimo y laurel! A ti caminamos en este valle de lágrimas, en romería, de rodillas, nuestra vela, nuestro exvoto de agradecimiento, que dejamos en el atrio de tu templo: una imagen de cera, una trenza, una pierna, una muleta. Sentimos que no tengas abuela y que tengas que sacrificar tu trono para ser tú la que nos cuente cuentos. ¡Perdónanos! ¡Perdona nuestra dependencia de ti!

*Escritor

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