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Opinión | PASO A PASO

Páginas sitiadas

Hay épocas en que los hombres queman libros; la nuestra, más pulcra y más cobarde, se contenta con volverlos irrelevantes. No hace falta ya la tea del bárbaro ni el índice del inquisidor: basta una pantalla que chisporrotea, un algoritmo que adula nuestros apetitos y una pedagogía que ha confundido la formación con el entretenimiento. La contraposición entre TikTok y las bibliotecas no ha sido una zafiedad verbal; ha sido una radiografía moral. Allí donde una civilización subordina la casa del libro al imperio del estímulo instantáneo, lo que se delata no es una torpeza retórica, sino una claudicación espiritual.

La biblioteca fue siempre un lugar peligrosísimo: allí el pobre podía codearse con los muertos ilustres, el muchacho de barrio podía escuchar a Homero, a Quevedo o a Dostoievski, y el alma desordenada hallaba, entre anaqueles silenciosos, una disciplina que el mundo no le ofrecía. Por eso las épocas sanas cuidaban sus bibliotecas como quien custodia un manantial. Sabían que en esos recintos no sólo se almacenaban volúmenes, sino que se afinaba una cierta idea del hombre: criatura llamada a demorarse, a juzgar, a distinguir, a soportar la dificultad. Justo lo contrario de cuanto hoy propone la tiranía de la pantalla breve.

Porque el vídeo instantáneo no sólo distrae: deforma. Acostumbra el entendimiento al fogonazo, la sensibilidad al sobresalto y la inteligencia a la pereza. Nos enseña a brincar de impresión en impresión, como esos niños malcriados que ya no saben sostener la mirada sobre nada que no los halague. Y así, poco a poco, la atención -que era una forma de cortesía ante lo real- se convierte en un músculo atrofiado. Ya no leemos: escaneamos. Ya no meditamos: reaccionamos. Ya no conversamos: segregamos ocurrencias. Guy Debord vio que las sociedades decadentes sustituyen la experiencia por su representación; nosotros estamos sustituyendo el pensamiento por una descarga de estímulos.

Aún más grave que el envilecimiento del gusto es el envilecimiento del alma. Quien no aprende a leer tampoco aprende a esperar, a obedecer la lógica de una frase, a demorarse en el dolor ajeno. George Steiner recordó que la alta cultura no nos hace mejores; pero sí nos recuerda que no hemos nacido sólo para consumir sensaciones. En cambio, el imperio de la pantalla nos educa para una servidumbre feliz: una esclavitud sin cadenas visibles, donde cada cual cree elegir mientras se entrega a aquello que lo disgrega.

No se trata de añorar un pasado imaginario ni de excomulgar la técnica. Se trata de algo mucho más serio: decidir qué clase de hombres queremos seguir siendo. Una sociedad que contrapone TikTok a las bibliotecas no está discutiendo sobre formatos; está resolviendo si prefiere ciudadanos o clientes, herederos o consumidores, almas o reflejos. Y una civilización que ya no entrega a sus hijos silencio, dificultad y memoria no los emancipa: los deja huérfanos.

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